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jueves, 18 de diciembre de 2008

De conguitos, congoleños y Atlétic

Levante-EMV.com 17/12/2008

En 1961 el publicista aragonés Juan Tudela dibujó el primer conguito, un negrito del África tropical hermano del que cantaba la canción del Colacao, aquel boxeador, bum bum, que era un primor. El sonriente conguito también iba armado, lanza en ristre.
Por entonces el Congo era una «merienda de negros», según la expresión común, pues andaban en guerra Tshombe, Mobutu y Lumumba, mientras aquí se manifestaba un sentimiento de exótica compasión en la hucha del Domund y en la protesta de Antonio Machín, que al son de las maracas reclamaba a los pintores angelitos negros.
El muñequito de la bolsa de cacahuetes bañados en chocolate viene ahora sin lanza y sin el enorme ombligo blanco, quizás por la campaña antirracista promovida desde hace ocho años por la profesora gallega María Frías, que aún lo considera denigrante y burlesco por el trazo exagerado de los ojos abultados y los labios bembones.

Pero el problema no está en los conguitos, sino en los niños congoleños. Las crueles imágenes del telediario se han dulcificado estos días con el vídeo gracioso de unos chavales cantando con entusiasmo el himno del Athletic, «¡gora beti Euskalerria!», aúpa, siempre, Euskalerría. La situación empeora, me dice el doctor Larrauri, que viene del corazón de las tinieblas, el mismo Congo en el que se adentró hace un siglo el novelista Joseph Conrad para mostrar la moral cínica del colonialismo.

Ha pasado allí veintisiete meses, y quince años más en seis países africanos desempeñando cargos de responsabilidad en organismos de la ONU. Trae cifras contrastadas: cuatro millones de muertos sólo entre 1998 y 2003, treinta mil mujeres violadas cada año (muchas por varios individuos), y la tragedia de tantos niños con hambre, malaria, sida y cólera, otros que van de avanzadilla de las tropas para que les exploten las minas, y cientos de adolescentes trabajando en las galerías de donde se extrae el coltán.
Primero fue el oro, los diamantes y el petróleo, y ahora el coltán, sin el cual el mundo se quedaría paralizado y en silencio, sin móviles, ordenadores, GPS y sin televisores de plasma. Explotan las minas empresas que lograron contratos de hasta 99 años y cuyos intereses parecen encontrados: Estados Unidos apoya a Ruanda, que abastece de armamento al general rebelde, de origen tutsi, Laurent Nkunda, presunto genocida, en contra del presidente de la República del Congo, al que parecen apoyar belgas y chinos. El coltán está en la región de los Kivus, quizás la más rica y más hermosa de África, con sus lagos, su volcán, los chimpancés y el paisaje del paraíso. Una vez, me cuenta el médico valenciano, vi a una mujer que se echaba al suelo y arrastraba a su niño por la rodada del jeep. Las madres lo hacían antes sobre las huellas de los leones para que sus hijos crecieran tan fuertes y veloces como esas fieras. Hoy el fuerte y rápido es el todoterreno en un país cinco veces mayor que España y sin apenas carreteras asfaltadas.
Viejos atavismos conviven con la tecnología de las guerras modernas y la usurpadora moral colonial. «Sin el coltán, quizás no habría guerra», dice el doctor Larrauri, que antes dirigió en Liberia un programa de reinserción social de 100.000 ex combatientes de una guerra alimentada por intereses diamantíferos y madereros. Muchos eran mozalbetes sin ningún sentido del bien y el mal. «No sabían ni ligar, acostumbrados, fusil en mano, al aquí te pillo, aquí te mato». «El futuro de África ya está hipotecado», dice pesimista el médico, porque detrás de los conflictos bélicos hay empresas y lobbies que presionan a los gobiernos para que avalen sus intereses.
Luego la conciencia se lava destinando una parte de las ganancias a proyectos humanitarios o de desarrollo: diecisiete mil personas trabajan en el Congo para la Misión de Paz de la ONU, con un costo diario de tres millones de dólares y una burocracia que retrasa o encarece la ayuda internacional. Entre tanto, la guerra sigue y muchos niños congoleños la sufren, hambrientos y sin la golosina de unos conguitos.

1 comentario:

Victòria dijo...

Siempre me pregunto... por qué diablos somos así?
No entiendo que a pesar de la historia no aprendamos, tant estupidos somos? Homo ¿sapiens?

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