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sábado, 30 de marzo de 2013

El milagro de Phiona, la niña ajedrecista de Uganda


El ajedrez es un deporte barato, que no requiere materiales lujosos ni un vestuario específico, aunque a veces se impongan ciertas normas. Que en algunos lugares florezca un maestro es, sin embargo, un pequeño milagro. O no tan pequeño, porque ocurre aún menos a menudo que los oficiales. La joven Phiona Mutesi, de Uganda, es un ejemplo único de superación, después de vivir en unas condiciones penosas incluso para lo que se considera habitual en África.


En el libro «La princesa de Katwe», publicado en Estados Unidos, Tim Crothers hace un recuento de las fronteras que ha tenido que saltar esta joven para llegar a ser alguien. O para estar viva. «Phiona Mutesi es el último eslabón de los marginados», dice el autor. «Nacer africano es ser un marginado en el mundo. Nacer en Uganda es ser un marginado en África. Nacer en Katwe es ser un marginado en Uganda. Nacer niña es ser una marginada en Katwe».

Crothers no exagera. Al padre de Phiona se lo llevó el sida cuando ella tenía tres años. Después de perder a una hermana, dormía en la calle y era corresponsable de alimentar a su familia. Ella misma llegó a asomarse tanto a la muerte que con ocho años llegaron a ponerle la mortaja para enterrarla, pero Phiona se escapó de las garras de la malaria y demostró tener un talento especial para el ajedrez. Hasta hace poco, confesaba a la CNN, no se consideraba una persona desgraciada: «Pensaba que todo el mundo llevaba la misma vida que yo». Mutesi cree que tiene 15 o 16 años, aunque en su ficha de la FIDE le han puesto 1993 como año de nacimiento.

Si el ajedrez tiene rostro, para Phiona tendría el de Robert Katende, un misionero con otra gran historia detrás, director regional de una organización cristiana que intenta recuperar a los niños más desfavorecidos a través del deporte. Después de rescatarse a sí mismo gracias al fútbol, Katende impulsó un programa de ajedrez, la tabla de salvación a la que un día se agarró una niña sucia y desvalida, una de tantas. La pequeña Phiona buscaba algo de comida para su hermano. Katende le ofreció un cuenco con avena y unas clases de ajedrez, como a todo el mundo, y le descubrió un mundo nuevo y prometedor.  

Aparte de distraer el hambre, el tablero demostró ser un arma magnífica. «Te enseña a evaluar, a tomar decisiones, hacer pronósticos, resistir y a no darte por vencido», explica Katende. «La disciplina, la paciencia... todo se puede conseguir en el juego». Después de largas caminatas diarias de cinco o seis kilómetros para recibir más clases (mal vistas por los hombres de su pueblo, que consideraban el ajedrez un juego de blancos), Phiona Mutesi tardó un año en aprender los secretos de aquel bendito juego, según ha contado. 

Con 11 años ganó el campeonato juvenil de su país. Poco después pudo salir por primera vez de Uganda para ir a un torneo en Sudán. Supo lo que era volar en avión y dormir en una habitación de hotel. Al volver a su casa, las preguntas no eran sobre la competición o su elección de aperturas, por supuesto. ¿Has montado en el pájaro plateado? ¿Por qué has vuelto? Ella, a su vez, lo primero que quiso saber es si tenían suficiente comida para el desayuno.

En 2010 participó en la Olimpiada de Khanty-Mansisyk (Siberia), donde conoció el hielo. El año pasado repitió en Estambul, donde se convirtió en la primera africana que lograba un título de la FIDE. Le queda un largo trecho para ser una de las grandes, pero ha adquirido mucha experiencia y trae de fábrica la firme determinación de llegar a gran maestra.


En cualquier otro lugar, sus logros no habrían atraído a las cadenas de televisión, pero nadie negará que el caso de Phiona es especial. Hasta hace poco, no había oído hablar de Idi Amin, el nefasto dictador que durante casi una década dejó a Uganda incrustada en el culo de la civilización. Ahora sabe que Nueva York no le gusta porque hay demasiado ruido. Disney ya ha comprado los derechos para rodar la película de su vida.

Fuente: ABC

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