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martes, 22 de diciembre de 2015

¿Un muro antiterrorista de 700 kilómetros entre Kenia y Somalia?

Las virtudes de un muro para enfrentar una amenaza externa han resultado dudosas: a pesar del gigante de cemento que levantó Israel, las relaciones con su vecino Palestina desmejoran y el trato a los palestinos es discriminador; el Muro de Berlín sólo produjo una fuerte desdicha en los habitantes del lado oriental y la muerte de cientos que quisieron cruzar; Hungría erigió este año una verja extensa para prohibir el paso a los inmigrantes hacia Europa, y sin embargo los miles de exiliados tomaron camino por Eslovaquia o por Grecia sin que el problema de fondo se terminara. En esta ocasión, el gobierno de Kenia tiene la intención de levantar un muro de 700 kilómetros, que iría de punta a punta en la frontera que comparte con Somalia (desde Mandera en el norte hasta Kiunga en el sur). El único objetivo es detener a las milicias de Al Shabab, un ejército extremista que pretende imponer la ley islámica, fundado en 2006 y responsable de numerosos atentados en ciudades principales de Kenia.

Manifestantes en Nairobi
El centro de operaciones de Al Shabab es Somalia. En 115 ataques cometidos en 2014, por ejemplo, asesinaron a más de 1.000 personas. Dado que es una región vecina, las autoridades keniatas han hecho frente a sus militantes a través de las Amisom, el ejército de la Unión Africana conformado sobre todo por soldados de Uganda y Kenia. Por esa intención, Al Shabab anunció que atacaría a Kenia y cumplió: en 2013 realizó un tiroteo en el centro comercial Westgate en Nairobi, donde murieron 67 personas; otro más en la Universidad de Garissa sumó 148 muertos y 79 heridos. Ahora, Al Shabab es una amenaza latente para Kenia y las autoridades, en parte, han reculado en sus estrategias para detenerlo.

La construcción del muro parece una ensoñación. Fue el presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, presionado por las muertes que Al Shabab ejecutó en su territorio, quien prometió a principios de 2015 que levantaría un muro de lado a lado en la frontera. La realidad económica es distinta. Para tomar un ejemplo, el muro que construyó Israel costó US$2 millones por kilómetro y en su mantenimiento se invierten US$260 millones cada año. Justo la semana pasada, Kenyatta dijo que la corrupción era una “amenaza nacional” y, aunque el gobierno podría poner su dinero en el levantamiento de un muro, tiene otras prioridades como el mejoramiento del sistema de salud, reducir la mortalidad infantil y aumentar el nivel educativo de los keniatas. Además, la economía creció en 2014 más de 5 puntos y Kenia se ha convertido, poco a poco, en un ambiente proclive a los negocios. En este momento, la construcción de un muro que lo separe de Somalia sólo afectaría la imagen de Kenia; en vez de convertirla en una aldea más segura, le daría el aspecto de un país en sitio. Un miembro del gobierno, en entrevista con Al Jazeera, dijo además que no existe dinero para dicha obra.

Las autoridades keniatas han mantenido en secreto el progreso de las obras. Según un reciente reportaje de Al Jazeera, hasta ahora no se ha levantado el primer bloque del muro (que incluiría puestos de vigilancia, muros de ladrillo y rejas), pero la intención está a la vista: en las zonas fronterizas se encuentra maquinaria y personal del Ejército en constante vigilancia. La utilidad del muro está basada en una premisa: dado que la frontera ha sido porosa por años, y por allí se han desplazado sin freno los militantes de células extremistas, cerrarla es el modo de detener a los enemigos foráneos.

De acuerdo con Simon Allison, corresponsal de The Guardian en África, la construcción de muros en la historia ha impactado el modo en que las sociedades interactúan pero, en el fondo, eluden el problema central. En este caso, una de las dificultades más profundas que enfrenta Kenia es el crecimiento de su enemigo dentro de sus propias fronteras (una característica que comparte con el conflicto entre Francia y los extremistas después de los atentados del 11 de noviembre). El muro cerraría el paso a grupos que, de hecho, ya cruzaron la frontera y de cualquier modo tienen redes que superan la mera barrera física.

El gobierno keniata ha dicho que confía en que el muro eliminará las posibilidades de que las células extremistas crezcan. La premisa es, por demás, incompleta: el conflicto con Al Shabab no es sólo político, sino también religioso y económico. Un reportaje de la revista Quartz anotaba que Al Shabab recoge cerca de US$12,2 millones al año por contrabando de azúcar, a través del cobro de “peajes” en ciertas zonas (el Ejército habría recibido, por lo menos, US$13 millones por el mismo concepto). La situación de escasez de las zonas de frontera (74% de la población está por debajo de la línea de pobreza), donde Al Shabab tiene gran influencia y el Estado muy poca, han creado un caldo de cultivo para la radicalización, pues Al Shabab toma las funciones de estado del mismo modo en que lo hace el Estado Islámico en, por ejemplo, Raqqa (Irak).

Al Shabab también ataca —acusándolos de “infieles”— a los cristianos y ha ejecutado masacres en las que separa a musulmanes de cristianos y mata a estos últimos. En el caso del Estado Islámico, la coalición occidental se ha propuesto cortar las fuentes de financiación de ese grupo; según reportes oficiales, Rusia ha destruido de plantas de procesamiento de petróleo, porque de allí viene el dinero que soporta sus actividades. Para terminar a Al Shabab, dicen analistas, la estrategia debería ser similar.

Las fuerzas de seguridad keniatas tienen también su parte en el origen del conflicto, recuerda un documental de Al Jazeera. En redadas constantes, son detenidos sospechosos de actividades terroristas y el acoso a los musulmanes (en un país de mayorías católicas) es constante. En las calles, la gente habla de los “escuadrones de la muerte” que se encargarían de dar muerte a cualquier persona que “empate” con el perfil de un terrorista (las víctimas son, en su mayoría, musulmanes). El líder de una mezquita dijo a Al Jazeera que esa se había convertido en una razón para que muchos se radicalizaran y viajaran hasta Somalia a unirse a las tropas de Al Shabab. Sumado a esto, los servicios de inteligencia estarían desconectados de las actividades de los oficiales en campo, imbuidos también en un círculo de corrupción.

Fuente: El Espectador.com
Texto: Juan David Torres Duarte

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