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sábado, 19 de junio de 2010

Jonathan el afortunado

Cuando le conocí, Jonathan, de 12 años, estaba sentado fuera del hospital de Ezo. Llevaba una camiseta tan grande que le cubría las rodillas y los codos. Y en su cara, una sonrisa tan grande como su camiseta", dice Catee Lalonde.

Ezo es una pequeña ciudad sudanesa, enclavada entre las fronteras de las vecinas República Centroafricana y República Democrática del Congo, y acoge a unos 12.000 desplazados internos y otros 3.000 refugiados. La semana pasada viajamos allí para realizar pruebas de diagnóstico de la enfermedad del sueño a la población.

Jonathan dio positivo. Algunos meses antes, había empezado a sufrir fiebres periódicas y a perder el apetito. Tenía hinchazón alrededor del cuello y se sentía muy cansado. El día que le conocí, aunque la hinchazón seguía siendo evidente, Jonathan no parecía estar enfermo. Parecía un chico normal. De hecho, estaba emocionado por el viaje que iba a realizar con nosotros en todoterreno a Yambio, donde tenemos el hospital.
A pesar de la alegre actitud de Jonathan y del sencillo nombre que tiene el mal que padece, la enfermedad del sueño es una enfermedad complicada. Comienza con la picadura de la mosca tsé-tsé, que se encuentra habitualmente en las zonas donde la gente acude a por agua y a cultivar. Los pacientes empiezan experimentando fiebre y dolor de cabeza, y como os decía hinchazón en el cuello. Después, pierden peso y se debilitan tanto que parecen estar adormilados la mayor parte del día, y de ahí el nombre de la enfermedad. Sin tratamiento, el cien por cien de los enfermos acaban muriendo.

Aunque la familia de Jonathan no sabe exactamente cuándo se infectó, sí que están seguros de que se produjo en uno de los muchos desplazamientos a los que se han visto obligados. A sus 12 años, Jonathan ya ha pasado por cuatro. “No conseguimos asentarnos en ningún sitio. Cada vez que nos movemos a algún lugar, hay violencia, y tenemos que marcharnos de nuevo”.

Nacido en República Centroafricana de una familia de refugiados sudaneses, Jonathan y su familia regresaron a Sur Sudán en 2005. Poco después, debido a la inseguridad en la frontera, la familia huyó a República Democrática del Congo, hasta que, a principios de este mismo año, la violencia del Ejército de Liberación del Señor (LRA), la guerrilla ugandesa, les empujó de vuelta al campo de refugiados de Napere, en Ezo, donde viven ahora. “Huimos a pie y dormimos al raso. No teníamos dónde cobijarnos. Seguramente se contagió entonces”, me explicaba su tía.

Como Jonathan, los pacientes de enfermedad del sueño son a menudo lo más pobres de entre los pobres, y viven de la agricultura de subsistencia. Muchos viven en zonas remotas a las que es difícil acceder por culpa de la inseguridad y de las escasas infraestructuras. Ya el diagnóstico requiere unas instalaciones médicas y capacitaciones profesionales que escasean en este rincón del mundo. En cuanto al tratamiento, requiere 14 días de hospitalización, en general en una ciudad que estará muy lejos, lo que supondrá que la familia se gaste todos sus ahorros en el viaje.

Jonathan lleva una semana en el hospital, y aún le queda otra para irse. Le visito casi todos los días. No puedo evitarlo: siempre me saluda con una enorme sonrisa, y es contagiosa. A pesar de lo que él y su familia están pasando, él es uno de los afortunados, y lo sabe. Es uno de los que han tenido la suerte de ser diagnosticado y de recibir tratamiento gratuito. Él y su familia conocen a muchos otros que no han tenido esta oportunidad.

* Coordinadora del proyecto de Yambio

Fuente: El Mundo. es Blogs

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