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lunes, 30 de marzo de 2009

Las adopciones de Madonna: la polémica está servida



Soy madre adoptiva y por eso se realmente lo mucho que hay que pasar para poder llevar a cabo una adopción. Puedo hablar de los trámites burocráticos que hay que superar en España para poder adoptar a un niño/a sea en el país que sea, y si además eres monoparental entonces la situación se presenta mucho más complicada. Entrevistas, nivel económico, documentación, requisitos, leyes, psicólogos, asistentes sociales, juicios... y así un montón de pasos que hay que superar hasta que uno puede ser realmente padre o madre.


Una espera larga llena de altibajos con buenos y malos momentos, con incertidumbres, sorpresas, falta de información y muchas ansias de maternidad/paternidad.


Esto que os cuento viene al caso porque estos días conocemos la intención de la superstar Madonna que pretende adoptar a una niña de 3 años en Malawi. No estoy en contra de que los famosos adopten a niños, tienen tanto de recho a ser padres o madres como el resto de los mortales, pero si estoy en contra de que por el hecho de ser famosos tengan muchas más facilidades, rapidez burocrática y derechos que otros no tenemos porque no podemos extender cheques con muchos ceros.


En 2006 adoptó a David un niño de Malawi a pesar de que las leyes de este país africano contemplan como requisito residir al menos 6 meses en el país para poder adoptar. Madonna no cumplió ese requisito ni de casualidad sin embargo a pesar de las críticas, de la polémica y de que el mundo entero conociera públicamente al padre biológico del niño, hoy en día David es su hijo legal.


No le bastó a la cantante norteamericana con levantar ampollas entre muchos padres adoptivos del mundo que ahora pretende repetir su "hazaña" en el mismo país, es si ahora va a por la niña, una pequeña de 3 años que conoció cuando fue a recoger a su hijo en el orfanato. Una adopción a la carta porque se trata de además de una niña en concreto, cuando lo normal es que sea un organismo o una institución público quien realice la asignación del menor a sus padres adoptivos sin derecho a elegir entre los huérfanos de un centro.


Personalmente me parece una tomadura de pelo y una falta de respeto a todos los que hemos tenido que pasar por una adopción internacional y a todos los que lo están pasando ahora, eso si en este caso cumpliendo con la legalidad.


Foto: Madonna con su hija Lourdes y su hijo David. (Korpa)
Si quieres saber más:


jueves, 18 de diciembre de 2008

De conguitos, congoleños y Atlétic

Levante-EMV.com 17/12/2008

En 1961 el publicista aragonés Juan Tudela dibujó el primer conguito, un negrito del África tropical hermano del que cantaba la canción del Colacao, aquel boxeador, bum bum, que era un primor. El sonriente conguito también iba armado, lanza en ristre.
Por entonces el Congo era una «merienda de negros», según la expresión común, pues andaban en guerra Tshombe, Mobutu y Lumumba, mientras aquí se manifestaba un sentimiento de exótica compasión en la hucha del Domund y en la protesta de Antonio Machín, que al son de las maracas reclamaba a los pintores angelitos negros.
El muñequito de la bolsa de cacahuetes bañados en chocolate viene ahora sin lanza y sin el enorme ombligo blanco, quizás por la campaña antirracista promovida desde hace ocho años por la profesora gallega María Frías, que aún lo considera denigrante y burlesco por el trazo exagerado de los ojos abultados y los labios bembones.

Pero el problema no está en los conguitos, sino en los niños congoleños. Las crueles imágenes del telediario se han dulcificado estos días con el vídeo gracioso de unos chavales cantando con entusiasmo el himno del Athletic, «¡gora beti Euskalerria!», aúpa, siempre, Euskalerría. La situación empeora, me dice el doctor Larrauri, que viene del corazón de las tinieblas, el mismo Congo en el que se adentró hace un siglo el novelista Joseph Conrad para mostrar la moral cínica del colonialismo.

Ha pasado allí veintisiete meses, y quince años más en seis países africanos desempeñando cargos de responsabilidad en organismos de la ONU. Trae cifras contrastadas: cuatro millones de muertos sólo entre 1998 y 2003, treinta mil mujeres violadas cada año (muchas por varios individuos), y la tragedia de tantos niños con hambre, malaria, sida y cólera, otros que van de avanzadilla de las tropas para que les exploten las minas, y cientos de adolescentes trabajando en las galerías de donde se extrae el coltán.
Primero fue el oro, los diamantes y el petróleo, y ahora el coltán, sin el cual el mundo se quedaría paralizado y en silencio, sin móviles, ordenadores, GPS y sin televisores de plasma. Explotan las minas empresas que lograron contratos de hasta 99 años y cuyos intereses parecen encontrados: Estados Unidos apoya a Ruanda, que abastece de armamento al general rebelde, de origen tutsi, Laurent Nkunda, presunto genocida, en contra del presidente de la República del Congo, al que parecen apoyar belgas y chinos. El coltán está en la región de los Kivus, quizás la más rica y más hermosa de África, con sus lagos, su volcán, los chimpancés y el paisaje del paraíso. Una vez, me cuenta el médico valenciano, vi a una mujer que se echaba al suelo y arrastraba a su niño por la rodada del jeep. Las madres lo hacían antes sobre las huellas de los leones para que sus hijos crecieran tan fuertes y veloces como esas fieras. Hoy el fuerte y rápido es el todoterreno en un país cinco veces mayor que España y sin apenas carreteras asfaltadas.
Viejos atavismos conviven con la tecnología de las guerras modernas y la usurpadora moral colonial. «Sin el coltán, quizás no habría guerra», dice el doctor Larrauri, que antes dirigió en Liberia un programa de reinserción social de 100.000 ex combatientes de una guerra alimentada por intereses diamantíferos y madereros. Muchos eran mozalbetes sin ningún sentido del bien y el mal. «No sabían ni ligar, acostumbrados, fusil en mano, al aquí te pillo, aquí te mato». «El futuro de África ya está hipotecado», dice pesimista el médico, porque detrás de los conflictos bélicos hay empresas y lobbies que presionan a los gobiernos para que avalen sus intereses.
Luego la conciencia se lava destinando una parte de las ganancias a proyectos humanitarios o de desarrollo: diecisiete mil personas trabajan en el Congo para la Misión de Paz de la ONU, con un costo diario de tres millones de dólares y una burocracia que retrasa o encarece la ayuda internacional. Entre tanto, la guerra sigue y muchos niños congoleños la sufren, hambrientos y sin la golosina de unos conguitos.

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