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sábado, 16 de agosto de 2014

El hombre que detiene el avance del desierto

Su método ha recuperado más de tres millones de hectáreas de terrenos desérticos y se ha extendido desde Burkina Faso a ocho países de la región del Sahel.

Sahel. Yacouba Sawadogo es un agricultor burkinés que ha conseguido frenar el imparable avance del desierto en su país, informó el blog ‘Noticias positivas’.

La lucha de Sawadogo contra el avance del desierto comenzó en 1974. Mientras muchos de sus vecinos abandonaban sus aldeas, rodeadas de tierras estériles, este agricultor solo pensaba en hallar la forma de repoblar la región de Gourga. Cuarenta años después ha conseguido recuperar más de tres millones de hectáreas de terreno desértico en ocho países del Sahel y convertirlas en tierras de cultivo.

Para lograr su objetivo, Yacouba Sawadogo empleó una técnica de agricultura tradicional denominada ‘Zaï’, aunque adaptándola a los tiempos modernos.


Este método consiste en cavar hoyos de unos veinte centímetros en los que se deposita estiércol y compost al lado de las semillas. Tras tres años de experimentación, este obstinado burkinés se convence de que el ‘Zaï’ puede ser la solución definitiva para parar al desierto.

Los resultados parecen darle la razón. Desde las primeras lluvias, el rendimiento de las tierras se duplica e, incluso, llegan a multiplicarse por cuatro. Convencido de que puede revolucionar la vida de sus compatriotas, Sawadongo decide recorrer Burkina Faso en moto para enseñar la técnica a todos los agricultores que pueda.

Con el paso del tiempo, decidió mejorar el método plantando también árboles que ayudaran a mantener la humedad del suelo y favorecieran la infiltración natural del agua. Cuarenta años después de los primeros experimentos, su método ha recuperado más de tres millones de hectáreas de terrenos desérticos y se ha extendido desde Burkina Faso a ocho países de la región del Sahel.

Fuente: ABC

sábado, 10 de mayo de 2014

Ruanda se atreve a tener dulces sueños, y con sabor a helado

De todos los rincones de Ruanda, e incluso del vecino Burundi, la gente llega en bandadas al sureño poblado de Butare para conocer la pequeña tienda Inzozi Nziza (dulces sueños) y degustar algo desconocido: un helado.

Louise Ingabire, de 27 años, está al frente de Inzozi Nziza (dulces sueños), la primera heladería de Ruanda, ubicada en Butare. Aquí, en la primera heladería de la historia de esta nación del centro de África que abrió sus puertas hace cuatro años, los clientes pueden ordenar helado suave en sabores como crema dulce, fruta de la pasión, fresa y piña. Las coberturas incluyen frutas frescas, miel y granola artesanal. También se sirve té negro de Ruanda y café.

El pequeño comercio, cuyo eslogan es “Helado. Café. Sueños.”, explota la curiosidad ruandesa por un dulce desconocido, y está “cambiando vidas”, dijo Louise Ingabire, su gerenta.

Sentada ante una mesa de su negocio, a punto de devorar un helado suave con sabor a miel, Ingabire, de 27 años, dijo a IPS: “El helado es importante. A mí me gusta porque me da energía, pero también es relajante. A algunos ruandeses les gusta, pero es algo nuevo. Todavía tenemos trabajo que hacer para darlo a conocer”.


Fiel a su eslogan, esta heladería ha vuelto realidad algunos de los sueños de Ingabire.

“Yo no tenía empleo, simplemente me quedaba en casa. Ahora tengo una visión sobre mi futuro. Estoy ganando dinero y puedo darle parte de él a mi familia”, dijo. Butare, que tiene 89.600 habitantes y se ubica a 135 kilómetros de Kigali, la capital, es sede de la Universidad Nacional de Ruanda. Y la heladería Inzozi Nziza se ha convertido en un centro social para estudiantes cansados que buscan algo dulce, fresco y diferente.

“Es algo que junta a la gente”, dijo la estudiante de ciencias agrícolas Kalisa Migendo, de 24 años.“Si tienes que salir y conversar con un amigo o amiga, vienes a tomar un helado a Inzozi Nziza”, explicó.

La mayoría de los ingredientes del helado son locales, y la leche procede de una granja lechera de la cercana localidad de Nyanza. Las vainas de vainilla y los granos de cacao son importados. Quien abrió Inzozi Nziza fue la directora teatral Odile Gakire Katese, también conocida como Kiki. Katese se juntó con Alexis Miesen y Jennie Dundas, dueñas de la heladería Blue Marble Ice Cream de Brooklyn, Nueva York, con quienes se asoció para inaugurar este negocio en 2010.

Katese cree que “una heladería puede ayudar a rearmar las piezas humanas, reconstruyendo espíritus, esperanzas y tradiciones familiares”, dijo Miesen.

Al comienzo, Miesen y Dundas eran las propietarias en asociación con las empleadas, y tenían acciones en la heladería, que es una cooperativa sin fines de lucro. No se fijaron objetivos financieros, pero esperaron 18 meses para transferir sus acciones a las trabajadoras, que habían demostrado sus habilidades empresariales. El éxito de esta heladería no es una excepción. Fatuma Ndangiza, vicepresidenta del Consejo de Gobierno de Ruanda, destacó que hay muchas pequeñas empresas de propiedad femenina.

Sin embargo, “en las grandes empresas, donde hay que competir por licitaciones, hay muy pocas mujeres. Son las recién llegadas a los grandes negocios”, dijo. “Tenemos más mujeres empresarias. Es un área que está interesando a las mujeres, tanto dentro como fuera de Kigali”, agregó.

Aunque el helado es algo nuevo en Ruanda, ella defiende la idea del negocio.

La heladería de Butare emplea a nueve mujeres, y todas pasan su tiempo libre practicando con Ingoma Nshya, el primer y único grupo femenino de tamborileras de este país, creado por Katese hace 10 años. La comparsa está compuesta por mujeres hutus y tutsis, algunas sobrevivientes del genocidio de 1994, en el que fueron asesinadas entre 800.000 y un millón de tutsis y hutus moderados.

Algunas integrantes de Ingoma Nshya son viudas, otras son huérfanas. Y las demás también se han visto afectadas de uno u otro modo por la matanza generalizada. En Ruanda, las mujeres tenían prohibido tocar el tambor, y mucha gente consideraba el instrumento inadecuado y muy pesado para que lo cargara una mujer, dijo Ingabire.

“Es algo que genera unidad”, señaló esta mujer, que perdió a su padre, dos hermanos y muchos primos en el genocidio. “Algunas somos sobrevivientes; otras conocen a alguien que fue asesinado. Tocar el tambor con ellas me da poder, porque todavía estamos vivas”, dijo.

El período oficial de duelo por el genocidio, del que se están cumpliendo 20 años, empezó el 7 de este mes y continuará hasta el 4 de julio. En este plazo, las mujeres de la heladería de Butare también recordarán otro hecho simbólico en sus vidas: el cuarto aniversario de Inzozi Nziza, en junio.

La heladería también protagoniza un documental de los premiados hermanos cineastas Rob y Lisa Fruchtman. “Sweet Dreams” (dulces sueños) cuenta la historia de mujeres ruandesas que intentaron forjarse un futuro tras el genocidio, y también muestra a las tamborileras.

Se exhibió en más de una decena de países de América, Europa y África, incluyendo Estados Unidos y Gran Bretaña. En Ruanda se estrenará este año.

“La película trata sobre la resiliencia, la esperanza, la valentía, los recursos y la capacidad de cambiar el curso de nuestra vida”, dijo la cineasta Lisa Fruchtman, quien en 1984 ganó un premio Oscar al mejor montaje.

FUENTE: IPS


sábado, 7 de agosto de 2010

El vertedero global


Móviles, ordenadores, impresoras, televisores... La tecnología moderna puede matar. Según la ONU, cada año generamos cuarenta millones de toneladas de basura electrónica. Y todo acaba en el Tercer Mundo, en gigantescos basureros tóxicos como éste de Agbogbloshie, en Ghana. El fotorreportero Álvaro Ybarra Zavala viajó hasta allí.
Agbogbloshie es un microcosmos dentro de Ghana. El viejo río Densu, que lo atraviesa, destila muerte y desprende olores nauseabundos. Este barrio marginal, al que se puede llegar a pie desde el centro de Accra, la capital, se ha convertido en un nuevo cementerio para los millones de ordenadores, televisores, impresoras y teléfonos móviles que llegan, sin control y seriamente dañados, desde Europa y Estados Unidos, cruzando las porosas fronteras de este país del oeste africano. 



 Batirse el cobre
Trabajar de sol a sol Para recoger un kilo de cobre y ganar un euro al día. así es la vida de los niños que deambulan por el basurero. Y aún puede ser peor. si el kilo es de aluminio, acero o latón no reciben ni cincuenta céntimos de euro. tras la estela de China, India, Pakistán, Nigeria o Indonesia, Ghana es el nuevo refugio de la basura electrónica.

El fuego que no purifica
Para conseguir el cobre, los buscadores de basura rastrean la chatarra y queman los cables informáticos en hogueras incontroladas. El humo contamina su sangre. Ellos necesitan el dinero. 

«Este lugar es como el fin del mundo. Todo es tóxico y está contaminado: el suelo, la tierra, el aire y el agua.» Mike Anane repite una y otra vez esta consigna. Es un activista local que lleva más de siete años denunciando las consecuencias medioambientales y sanitarias que provoca la acumulación en el barrio de toneladas de basura electrónica (en inglés, e-waste). Según sus propios cálculos, unas tres mil personas trabajan a diario en el vertedero; en su mayoría, niños. «La salud de los chavales está en serio peligro porque se exponen cada día a materiales tóxicos como el plomo o el cadmio, que se acumulan en el cuerpo, afectan al sistema nervioso y provocan, con el tiempo, enfermedades respiratorias y cancerígenas.»


Isaiah de Agbogbloshie. A sus trece años, ya sabe lo que es trabajar doce horas diarias para ganar uno o dos cedis (menos de un euro al cambio). Sus únicas herramientas son una pequeña bolsa de nailon y sus manos desnudas, con las que rastrea entre la chatarra en busca de cobre y aluminio. Sabe dónde encontrarlo; aunque para ello tiene que emplearse a fondo, quemando los cables de los equipos informáticos en hogueras incontroladas. «Sé que el humo que respiramos –confiesa con la resignación propia de un adulto– es muy dañino, contamina la sangre, pero necesitamos el dinero.» Isaiah es el único varón de la familia. Nunca conoció a su padre y ahora vive con su hermana mayor y su madre, que lamenta «que sólo puede ir a la escuela cuando hay comida suficiente y dinero para pagar los cuatro euros semanales del alquiler... [de la choza de madera en la que residen».

 

La veteranía también es un grado en Agbogbloshie. Todos conocen a Mohammed Hassan. Lleva dos décadas instalado en el vertedero, no muy lejos de un mercado de fruta y carne que languidece. Ahora dirige su propio negocio. Vende equipos de música, DVD y piezas sueltas de ordenadores. Nada funciona, pero sus componentes tienen un precio. Los metales de su interior, una vez extraídos y sometidos al juicio de la báscula, se cambian por unos céntimos. «Por un kilo de cobre –explica un chatarrero de apenas nueve años– podemos ganar un euro; por el aluminio, el acero y el latón nos pagan la mitad.» A Mohammed le incomoda hablar de los menores. «Yo no trabajo con niños», asegura de forma tajante. El trabajo infantil en la zona, sin embargo, es una práctica asumida, aunque rara vez se comenta.

Responsabilidad colectiva. Ghana atesora el dudoso honor de ser uno de los nuevos refugios para los cargamentos ilegales de basura electrónica, siguiendo la estela de otros países como China, la India, Pakistán, Indonesia o Nigeria. A pesar de que existen convenios internacionales amparados por Naciones Unidas, como el de Basilea –no suscrito por Estados Unidos–, o directivas europeas que prohíben expresamente la exportación de residuos electrónicos a países en vías de desarrollo, el movimiento transfronterizo de e-waste se ha disparado en los últimos años.

Greenpeace ha denunciado en varios informes la facilidad con la que este material tóxico cruza las fronteras. Se importa como «mercancía de segunda mano». Los controles aduaneros «son un coladero», se lamenta Lambert Faabeluon, subdirector de la Agencia de Protección Medioambiental de Ghana (EPA). Conforme a sus propias estadísticas, el 75 por ciento del material tecnológico que llega al puerto de Tema, el más importante del país, no funciona. «Cada semana recibimos más de 25 contenedores llenos de material defectuoso que no se examina antes de ser desembarcado –explica, con cierta impotencia, este funcionario–. En África queremos cosas que funcionen, no más basura.»


Según la ONU, la basura electrónica que genera el planeta se incrementa cada año en 40 millones de toneladas. Pero ¿quién es el responsable de su distribución?, ¿quién ha encontrado un nuevo negocio en la pobreza? La respuesta no es sencilla. «La responsabilidad es colectiva –afirma Nick Nutall, portavoz del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA)–. En esta historia hay muchos actores implicados: primero, los fabricantes, que deben eliminar de sus productos los materiales más contaminantes; luego, están las autoridades locales, que no hacen nada para evitar este comercio ilegal; y, en último lugar, el propio consumidor.»


Reciclar un viejo ordenador siguiendo los protocolos medioambientales supone un coste elevado para las empresas. Enviarlo a través de intermediarios a países como Ghana o Nigeria puede ser un verdadero negocio. «Sólo en Estados Unidos hay centenares de empresas falsas de reciclaje –revela Jim Puckett, director ejecutivo de la ONG Basel Action Network, con sede en Seattle–. Son empresas privadas que en un 80 por ciento no reciclan nada y se dedican a llenar contenedores para exportarlos después, en rutas marítimas, a países en vías de desarrollo.»


Un negocio arriesgado. En Accra han proliferado las tiendas de segunda mano. Forman parte del paisaje urbano, especialmente en barrios comerciales como Newtown. «Hasta hace dos años –comenta Frederic, propietario de una de estas tiendas– la demanda de ordenadores en Ghana ha sido de las más altas de África. La gente no puede pagar equipos nuevos y viene aquí.» Frederic compra el material en Suecia, pero la mayoría de los vendedores de la ciudad acude al puerto y adquiere los productos a simple vista. «No podemos comprobar si funcionan –se queja uno de ellos–. Es un negocio arriesgado. Te juegas el dinero. Unas veces ganas, pero otras muchas sólo compras chatarra y pierdes lo que has invertido.»

El río, ¿de la vida?
El viejo río Densu, que lo atraviesa, destila muerte y desprende olores nauseabundos.
La escena se repite en cada esquina. Las calles, convertidas en escaparates. Suena música hip-hop. La mercancía se amontona: pantallas de televisión de todos los tamaños, ordenadores golpeados, equipos de música polvorientos y frigoríficos destartalados. Todo está a la venta. Los empleados de las tiendas se afanan en arreglar tanto desperfecto. Si algo no funciona, acabará en manos de los jóvenes chatarreros. Los mismos que cada día recorren la ciudad, empujando carros de madera rebosantes de basura electrónica por la que han pagado un precio ridículo. Su destino: el vertedero de Agbogbloshie. La historia vuelve a empezar. El círculo se cierra.

Fuente: XL Semanal
Texto: Miguel Ondarreta
Fotos: Álvarro Ibarra Zavala

VIDEO: Ghana e-Waste Site

miércoles, 4 de agosto de 2010

"Zungueiras" reinas de Angola


Vendedoras ambulantes en calles y barriadas angoleñas, conocidas popularmente como "Zungueiras", más que motoras de la economía informal, son parte del paisaje cotidiano de este país africano, de más de 17 millones de habitantes. Ellas son, con sus luchas maternales y sacrificios a cuestas, parte del pueblo angoleño: acogedor, alegre y amigo, que baila a golpe de ritmos musicales como la kizomba, la samba y hasta con los nuevos estilos africanos "zouk" y "kuduro".

Cuando los humanos no son más que siluetas móviles al amanecer, ellas despiertan la ciudad con un sonoro: "¿Quien quiere peeeez?" o un "se vende matabicho" (desayuno).

Es el pregón, el anuncio de las "Zungueiras" -a quienes todos respetan- que se multiplican por cientos en la geografía de este país africano, en busca del sustento familiar. Resulta muy común ver a las "Zungueiras" en perenne movimiento en las cercanías del Puerto de Luanda, por caminos estrechos y edificios de la época colonial, que contrastan con las nuevas construcciones erigidas en los centros urbanos de esta capital.



La denominación de Zungueira tiene su origen en la lengua nacional Kimbundo, que significa andar de un lugar para otro sin parar. Para algunos, esas féminas, muchas de ellas jóvenes y carentes de un empleo fijo, poseen el don de la sabiduría, ya que para cada fecha significativa, celebración o época del año, ofertan su canasta de productos, acorde con la ocasión.

En enero, cuando se realizan las matrículas escolares, tocan de puerta en puerta y frecuentan colegios desde los distantes Sao Paulo a la Mutamba y de Prenda a Rocha Pinto, en esta capital, para apertrechar a los escolares de libretas, lápices y hasta libros. Cada febrero, con motivo del Día de San Valentín (el 14) y festividades carnavalescas, ofrecen perfumes, flores e incluso máscaras para todas las edades y gustos.

Tan marcada es la presencia de esas vendedoras, que si el visitante o el nativo las dejara de ver algún día en su deambular por barriadas, sentiría un vacío en el corazón de Luanda, ciudad con más de ocho millones de habitantes.

"Lo que más me impresiona aquí, junto a las playas de la Ilha do Cabo, la cual bordea el océano Atlántico, son las esbeltas "Zungueiras", con sus palanganas sobre la cabeza, repletas de verduras, ropas o zapatos," valoró un turista español, alojado en el hotel Trópico. Y es que en días de sol o de lluvia, o en medio del abigarrado tránsito, ellas, muchas veces con niños de dos o tres años amarrados a las espaldas con los tradicionales paños africanos, dan un toque humano a esta capital, salpicado con un amable "Bom día".



En el Mercado Roque Santeiro, donde se expenden mercaderías de Brasil y otros países, la zungueira Adelina Viera manifestó: "Aquí y en la Plaza Los Congoleños compro las mercancías que luego vendo en las calles. A veces me canso de este oficio tan duro, pero no sé hacer otra cosa y pienso que moriré siendo vendedora ambulante, aunque me gustaría tener un empleo fijo".

Luego de ofertar a un cliente dos pepinos por 200 kwanzas (unos dos dólares), expresa: "Tengo cinco hijos pequeños y cuando llego a la casa, les preparo la comida con lo que gano en el día".



En la céntrica calle Kinanxixi, el joven técnico medio en telecomunicaciones Amancio da Silva, de 26 años, dijo que el nivel de instrucción alcanzado se lo debe en parte a su madre, quien se dedica al comercio ambulante. "Mi mamita, antes de que nos despertáramos mis hermanos y yo, cuando pequeños, ya estaba fuera de casa, con un cesto sobre la cabeza que contenía paños multicolores, libretas, libros, y juguetes para los niños", aseguró.

Mamá Kuiba, una de las sencillas mujeres de pueblo más famosas de Angola, quien durante 34 años trabajó en mercados, consideró que una comerciante no sólo debe preocuparse por vender, sino, sobre todo, debe cautivar a los clientes. Conocida como la Diva de Angola, Kuiba, de 72 años, expresó que cuando las "zungueiras" pasan por la puerta de su casa, con los niños llorando a cuestas, las llama para que descansen, tomen un vaso de agua, aprendan cómo calmar a los bebés y luego puedan continuar su jornada.

Ella, toda sabiduría, trasmite un mensaje de amor: "Deseo que la mujer angoleña tenga la voluntad de estudiar y trabajar, sea unida y buena madre, con disposición y esperanza".

Fuente: Prensa Latina
Texto: Oscar Bravo Fong
Fotos: Global Voices, Jorge Ramos,  M.JO

viernes, 9 de julio de 2010

La vida en Chad


Chad fue colonizado por Francia a finales del siglo XIX. Es un país ubicado en África Central, tan grande como España, Portugal y Francia juntas. Posee tres zonas geográficas bien diferenciadas: la franja norte, desértica; la sur, fértil; y la central, en pleno Sahel. Está dividido en 22 regiones, donde viven unos 10.000.000 millones de personas pertenecientes a 200 etnias diferentes. La mayoría profesa la religión musulmana, aunque hay gran cantidad de católicos, protestantes y animistas. El 80% de la población vive de la agricultura y la ganadería de subsistencia.

Tras un siglo XX marcado por una cruenta guerra civil en la que no faltó la participación de Francia y Libia, Idriss Déby Itno alcanzó el poder en Chad tras un golpe de Estado en 1990. Obsesionado por la seguridad (su hijo murió en Francia en extrañas circunstancias), Déby controla el país con mano de hierro ante las idas y venidas de los rebeldes y está encantando con la perspectiva de que el petróleo descubierto en 2009 en el sur del país permita que éste pueda dejar a un lado la histórica industria del algodón. No obstante, la aparición del 'oro negro', gestionado por la petrolera norteamericana Exxon, no ha ayudado a que el país salga de los últimos puestos del Índice de Desarrollo Humano de la ONU.

Aranga. Es el nombre que dan al sol en Bitkinie. Un sol sin sombra natural con el que combatirlo, capaz de elevar el mercurio de los termómetros a temperaturas infernales. El mismo que seca los abrevaderos a los que animales desesperados acuden a beber para sobrevivir, y acaban encontrando la muerte. El agua es uno de los principales problemas de Chad. Tanto la falta de ella como su presencia contaminada. Una de las primeras labores que organizaciones como Intermón Oxfam desarrollan en los pueblos más afectados es controlar su calidad, concienciar a los habitantes de que los animales no pueden hacer sus necesidades en el mismo lugar en que recogen agua y que, antes de ser tragada, el agua debe ser hervida.

Los taxistas de Yamena, la capital de Chad, son en su mayoría aficionados del Real Madrid. El escudo del club y el nombre de sus mejores futbolistas destacan en la carrocería amarilla de buena parte de los taxis que recorren la bulliciosa ciudad. En las aceras (o en esas zonas arenosas que intentan serlo) es el F.C. Barcelona el que parece tener más adeptos, sobre todo entre los más pequeños. Las camisetas, en su mayoría falsificaciones más o menos trabajadas (a veces el escudo del Barça luce sobre los colores del Milán... o del Betis) se ven en cada esquina. Sólo el Chelsea y el Liverpool siguen de cerca a los dos equipos españoles en cuanto a número de seguidores. La serigrafía (principalmente con los nombres de Messi y Cristiano Ronaldo) es obligatoria, ya sea mecánica, o hecha a mano, con mala letra pero mucha ilusión.

La mortalidad maternal es muy elevada. Muchas mujeres son incapaces de soportar las complicaciones postparto. Por razones culturales, las chadianas no acuden a los hospitales para dar a luz. Lo tradicional es hacerlo en casa, pese a que supone un gran riesgo, por mucho que en los pueblos suela existir la figura de la matrona. En pueblos como Am Dam, región de Ouaddaï, sólo 15 de cada 100 mujeres acuden a la maternidad durante su embarazo. La falta de equipos móviles y la lejanía de los pueblos y las maternidades también influye en la falta de asistencia. Las infecciones postaborto y las fístulas vaginales son las principales causas de mortandad.
En Am Dam (región de Ouaddaï), un añejo cartel destaca junto a un abrevadero. Hecho de metal, la erosión ha respetado el logo de la Cruz Roja Española y la Junta de Andalucía, cuyas donaciones hicieron posible su construcción en 1999. Actualmente, no posee jefe médico. Dimitió por discrepancias con International Medical Corps, la ONG que controla ahora los designios del hospital, con el doctor Mess al frente. Los ataques rebeldes de 2009 dejaron mella en sus paredes, marcadas por las bombas y las balas. Tampoco queda informes anteriores a la llegada de los rebeldes y sólo cuenta con cuatro médicos y una enfermera para 13 pacientes. Los familiares esperan sentados en la tierra, junto a los burros con cargamentos de agua. Un flamante todoterreno-ambulancia espera también a la sombra. No se utiliza. Ni hay gasolina, ni hay conductor.

Vivir en Chad no es fácil. Si se es mujer, menos. Aunque la ablación del clítoris está prohibida, la práctica está muy generalizada en algunas etnias. Algunos baremos calculan que más del 40% de las chadianas ha sufrido algún tipo de mutilación genital. El machismo está muy extendido en la sociedad, lo que provoca altas cifras de maltrato doméstico. Desde pequeñas, las niñas son las encargadas de ir por agua, cargando con hasta 40 kilos de peso, que generalmente se colocan sobre la cabeza con un equilibrio increíble. La comida y el cuidado de los niños también queda a su cargo. El pastoreo y la agricultura son cosa de los hombres, aunque en épocas de escasez son las mujeres las que se dejan las manos recolectando hojas de savonnier, un árbol con escalofriantes espinas. También son ellas las que se convierten en mujeres hormiguero o 'termitières', asaltando los hormigueros donde se almacena el grano para la hormiga reina. No obstante, a veces cuentan con la ayuda de las otras mujeres de sus maridos, ya que la poligamia es legal en Chad.


En Yamena, la capital de Chad, están prohibidas las fotos. En cualquier punto. Da igual que el fotógrafo sea periodista, cooperante de una ONG o turista. El presidente del Gobierno, Idriss Déby, lo tiene terminantemente prohibido por medidas de seguridad. Su paranoia es tal que todo aquel que sea pillado sacando una foto corre el riesgo de ser deportado. Y si se trata de miembros de alguna organización, es ésta la que se atiene a la posibilidad de que sus actividades en el país africano lleguen a su final abruptamente. Es una ley que los centenares de soldados y agentes de la policía chadiana que patrullan la capital tienen muy claro. Yamena es la ciudad sin imágenes.

En Chad, los envoltorios forman parte de los productos. Da igual que se trate de una moto o de una silla. La primera continuará manteniendo el plástico con el que salió de la fábrica y acumulará toneladas de suciedad y polvo. La segunda, mantendrá en sus patas el papel de burbuja con el que fue sacada de la caja pese a haber sido comprada hace meses. Sólo el uso y el paso del tiempo hará que se desprendan poco a poco. Porque nadie lo arrancará, ni en el pueblo más remoto ni en la sede del Ministerio de Economía, donde Bachar Brahim Adoum, secretario general del Ministerio de Economía y Planificación, luce gustoso una gran televisión de plasma envuelta en plástico. De la atracción por mantener las cosas como si se acabaran de estrenar no se escapan ni las gafas contra la presbicia, que muchos dirigentes utilizan sin quitar la pegatina que marcan su graduación.
Fuente: El Mundo

Texto: LUIGI BENEDICTO BORGES

jueves, 14 de enero de 2010

Cuando la calle es tu casa

Algunos tienen tan poco que ni siquiera cuentan con una casa y una familia. Es el caso de Nouhou, que vive en las calles de Niamey, la capital de Níger, el país más pobre de la Tierra. Su padre murió. Su madre lo abandonó. Desayuna pegamento; dice que le ayuda a olvidar.

Nos encontramos con Nouhou Yacouba –14 años– en su casa, una calle de Niamey, una esquina en tierra junto a un semáforo, uno de los pocos semáforos de Níger, el país más pobre de la Tierra junto con Sierra Leona, según el Índice de Desarrollo Humano que elabora Naciones Unidas. Lleva una camiseta azul Unicef, con un lema: “Juntos por una África digna para los niños”. Pero el primer día que pasamos con él ni podemos entrevistarle ni sirven las fotos: demasiado tristes. Nouhou ni oculta ni disimula que ha desayunado pegamento. Le pedimos que al día siguiente no lo haga.

Su padre murió hace dos años en Nigeria. Su madre vive a unos 50 kilómetros de Niamey, pero hace años que no la ve. “No sé cómo es. Desapareció cuando yo era muy pequeño, me abandonó en la calle; un vecino me rescató y me salvó dándome leche de vaca. Me gustaría volver a verla y vivir con ella. Me dicen que se marchó de Niamey para librarse de mí, pero yo no me lo creo”. Tras vivir unos años con su padre, Nouhou fue enviado a una escuela coránica, para que aprendiera a leer y a escribir; se convirtió en un talibé. Pero la realidad de los niños talibés es que terminan siendo seres muy vulnerables a la explotación sexual y económica. Nouhou fue talibé durante ocho años. Y no guarda buenos recuerdos: “Con el primer profesor coránico, íbamos de pueblo en pueblo. Pero más que estudiar el Corán, lo que hacíamos era mendigar; él se quedaba con todo el dinero”. “Después fui a vivir a casa de una tía, pero era peor que vivir en la calle. Tenía hijos pequeños, y me obligaba a hacer todo tipo de trabajos: fregar los platos, limpiar la casa, lavar la ropa. Jamás me pagó por hacer todo eso ni me envió a la escuela. Además, me torturaba repitiéndome que mi madre me había abandonado. Me pegaba a menudo y me castigaba muchos días sin darme comida”.


 Mariama en la gran duna de Niamey

Ahí, en esa esquina, ha encontrado su familia, la banda que lidera Khalilou, de 32 años, que vive en el Gran Mercado desde los cinco años y está de vuelta de todo.
Nouhou trabaja buscando aparcamiento para los coches que se acercan al mercado; así reúne unos 350 francos CFA al día (poco más de medio euro). Con ese dinero consigue el pegamento. Reconoce que nunca compra alimentos; que, cuando quiere comer, lo pide como limosna en los puestos del mercado. “Esnifar pegamento me ayuda a olvidarme de muchas cosas, y a no sentir hambre, hay días que no tengo nada que comer”. “Vivir en la calle es duro; has de ser fuerte y tener amigos que te defiendan, porque siempre hay alguien que intenta robarte el poco dinero que has conseguido. Y el más fuerte es el que se lo queda”. Dice que no roba, aunque muchos de su banda sí lo hacen.

Al día siguiente, lo llevamos a 30 kilómetros de Niamey, a una zona del río Níger con un paisaje limpio y sereno. Es la primera vez que Nouhou sale de la ciudad. Hoy no le ha dado al pegamento. Tiene una cara mucho más despejada. Y sonríe. Parece otro. Hoy sí deja adivinar detrás de su dura mirada que sigue siendo un niño. Además, nos enseña satisfecho algo que se ha traído para animar la foto: un alegre cinturón de plástico.
¿Pero de dónde lo has sacado? “Sonríe y calla”. Pero, al menos, sonríe.

Fuente: El País
Texto: Rafael Ruiz
Foto: Isabel Muñoz

martes, 12 de enero de 2010

Jóvenes de Burundi crean un "pequeño laboratorio de paz"

Manteniendo con discreción su condición de católico, el Centro Juvenil de Kamenge, en las afueras de Bujumbura trata de eliminar las barreras étnicas organizando tareas comunes. De un lado de la calle se encuentra el barrio hutu, del otro el barrio tutsi. La organización de la zona norte de Bujumbura, capital de Burundi, muestra todavía los estigmas de la guerra civil que tuviera lugar entre 1993 y 2008. A las masacres de 1994 se sucedieron los bombardeos de los grupos rebeldes. “Cuando se producía un ataque nos refugiábamos en la montaña, - cuenta un habitante de la comuna de Kamenge -luego cuando llegaba la calma bajábamos para enterrar a los viejos que, una vez más, no habían querido huir”

Algunos jóvenes de este barrio predominantemente hutu se enrolaron entonces en los grupos rebeldes que combaten al ejército, predominantemente formado por tutsis. Pero otros tienen la oportunidad de aprender informátic , hacer deportes y formarse en compañía de otros jóvenes hutus y tutsis, en un centro único en su género el Centro Juvenil Kamenge (CJK)

Creado en 1992 por iniciativa del arzobispo de Bujumbura y animado por misioneros javerianos, el centro se halla ubicado en la interseccion de seis comunas integrantes de la zona norte de la capital. Cuenta hoy en día con 25 mil inscriptos de entre 16 y 30 años y es conducido por 80 animadores la mayoría voluntarios.

“Aquí tú no sabes a que etnia pertenece el otro” Parece un hormiguero donde se ofrece - gratuitamente – todo lo que un joven africano o de cualquier otro lugar del mundo puede soñar: música, baile, deportes, cine, Internet, conferencias, cursos de informática, de costura, de idiomas, actividades religiosas… Disponen de un enorme campo de fútbol, que a veces se usa para rugby, canchas de básquet y una de tennis. En un salón, los jóvenes crean una coreografía hip-hop, mientras que un grupo de acróbatas se entrena en el jardín. La sala de musculación está llena de muchachos – ampliamente mayoritarios en el CJK- que tampoco dejan de frecuentar la biblioteca.




Todo está al alcance de la mano siempre que se “siga el juego” dice el responsable y cofundador del lugar el Padre Claudio Marano: “Hacer cosas juntos considerando a los demás como compañeros de ruta sin distinción étnica, política, social, religiosa o de género” Para favorecer esta idea el centro acentúa el desarrollo de actividades colectivas.

“Cuando tú llegas aquí no sabes a que etnia pertenece el otro, son como hermanos” asegura Jeff Riragonya un joven formado en el centro y convertido en animador, “Ni aún en los peores momentos hubo aquí problemas entre los jóvenes” señala el P. Claudio “comprendían que la guerra era un problema de los políticos y de los hombres de negocios que querían lograr el poder”.

Apertura internacional

Sin embargo concurrir al centro no está bien visto en los barrios étnicamente divididos, explica Jeff Riragonya, la gente dice que el centro es para la gente de la otra etnia sin embargo y a pesar de todo la fuerza del centro los arrastra.

Con otros cinco colaboradores permanentes Jeff lleva adelante el proyecto “Paz y reconciliación” que aplica los métodos del centro entre los habitantes de los barrios sin distinción de edad. “Organizamos actividades culturales, torneos deportivos, concurso que permiten a los miembros de las dos etnias encontrarse y establecer vínculos de amistad, explica. Los torneos de danzas tradicionales y las competiciones futbolísticas entre los diferentes barrios tienen mucho éxito. Los jóvenes del barrio hutu de Kamenge disputan así competencias deportivas con los del barrio tutsi de Ngagara".
Una de las marcas de fábrica del centro es su apertura internacional por medio de voluntarios extranjeros, sobre todo europeos que vienen por decenas a pasar aquí desde un mes hasta un año de sus vidas. Van generalmente a los campamentos de verano a los que concurren 2000 jóvenes que organizados por unos 180 animadores construyen casas para las familias más necesitadas.

“Esto ayuda a abrirse explica Fleuriste de 23 años. Y además impulsa a aprender idiomas” Pero los jóvenes que frecuentan el centro no son forzosamente los más pobres del barrio norte pues son generalmente francófonos.

“En contacto con los otros se operan cambios en ellos” El centro CJK que acoge jóvenes de todas las confesiones y trabaja en red con parroquias protestantes y mezquitas, mantiene serenamente su identidad católica. “Cuando el arzobispo nos pidió que construyéramos una capilla, temí reacciones negativas, explica Claudio Marano. Pero nuestros jóvenes nos aseguraron que nada cambiaría por eso para ellos”.

Antes que un lugar religioso el centro de considera un “pequeño laboratorio de paz” según el Padre italiano. Nada permitirá medir sus efectos atenuantes si un día vuelven a surgir las tensiones étnicas. “Lo que es cierto es que con muy pocos recursos uno alcanza a mucha gente y pone en movimiento muchas cosas, estima Claire Olivier-Gatabazi formadora y coordinadora de proyectos. “Hay aún jóvenes racistas. Pero cambian en contacto con los demás”

La joven francesa que permaneció dos años en el centro el 2000 y el 2001, antes de regresar en el 2005, subraya la importancia del marco que ofrece el centro .“En esta sociedad en donde reina la ley del más fuerte, los jóvenes necesitan refugios, explica. A menudo les digo que muchos jóvenes quisieran tener un lugar como este no solamente en Africa sino en otros países del mundo”.

viernes, 1 de enero de 2010

Una mentira llamada Europa

Para que otros africanos no sufran la misma pesadilla, el ugandés Sssuna Golooba filmó su vida como inmigrante ilegal. Después de cuatro años de suplicio regresa a África sin nada más que la verdad en una cinta.

A diario intentan desesperados africanos entrar en la Unión Europea. Pero las condiciones de inmigración son cada vez más duras. Sólo un puñado recibe asilo o un permiso de trabajo. ¿Qué hacer entonces? - La mayoría entra y permanece aquí ilegalmente. Una pesadilla de temor, desempleo, pobreza y la sensación de haber fracasado. Muchos son expulsados: cada mes son deportados más de 70 ugandeses de Europa a su país.

Ficción versus sueño versus realidad…

La escena tiene lugar en un cinema de Kampala, capital de Uganda. Lleno total. Ansiosos esperan los espectadores, jóvenes en su mayoría, que empiece la película "Surprising Europe", "Europa sorprendente" que algunos prefieren llamar  "Una mentira llamada Europa".




Sssuna Golooba, su director, se esconde en las últimas sillas de atrás. Él se siente un poco inseguro durante el estreno de su primera película en África.  La cinta es nada menos que un documental sobre la vida de Sssuna Golooba en la ilegalidad de las calles europeas.

Sssuna Golooba regresó sin dinero europeo, sin computador, sin vestuario costoso. Sus pertenencias se reducen a una sola cosa: su película. Una historia que asusta por la pobreza, lo denigrante y los vejámenes que sufre por la carencia de papeles. Lo que les presenta aquí este ugandés a su familia y compatriotas no son pues riquezas materiales sino una vida llena de falsas esperanzas y sueños truncados.
"Antes de abandonar Uganda tenía amigos que había vivido por largo tiempo en Europa y que cuando visitaban África nos mostraban mucho dinero. Esos amigos ya no eran flacos; habían engordado muchísimo. Eso lo interpretamos de otra forma en nuestra sociedad. Lo que ellos no contaban es cómo se ganaban el dinero. Ellos crearon falsas expectativas que tienen a muchos paisanos sufriendo en Europa", cuenta Sssuna Golooba.

Hace cuatro años, Golooba vendió hasta la casa que tenía en África por irse a Europa en búsqueda de un puesto de trabajo. En Uganda dejó a su pequeña hija. Él quería estudiar en Holanda y ayudar a sacar a su familia de la miseria.

"Cuando le conté a una ugandesa en Holanda que buscaba trabajo, soltó una carcajada en mi cara. ¿Cómo? ¿Sin permiso? - Si ni siquiera muchos holandeses tienen empleo, me dijo". De casa en casa, durmiendo en sofás de conocidos y desconocidos se pasó el tiempo Sssuna Golooba en Holanda. A cambio de una cama lavaba platos y limpiaba baños. Pronto comprendió este africano que esa no era la vida que él quería llevar: "Hubiera querido regresar inmediatamente a Uganda", dice este ex inmigrante.














Dilema de emigrante: ¿vivir en el fracaso o regresar vencido?

Pero él no quería regresar con las manos completamente vacías. Y menos después de recibir las frecuentes llamadas de su familia que le pedían dinero para medicamentos, víveres, arriendo, etc.  A esto se agregaba el continuo temor a los controles de la policía que lo apresaría inmediatamente. Un miedo que aumentó tras ver en televisión cómo varios inmigrantes ilegales murieron presos de las llamas en el aeropuerto de Maastricht.

El miedo se convirtió en estupor y el estupor en deseos de contar la realidad. Al fin y al cabo, quienes sufrían y morían eran personas como él que sólo buscaban un trabajo en la Europa que les habían contado.

Sssuna Golooba decidió entonces "romper el silencio", plasmó en un papel su idea y la envió a una empresa de producciones cinematográficas. Hoy Golooba es coproductor de una película para la pantalla grande y siete episodios para televisión sobre la suerte que corren los africanos ilegales en Europa.

A los espectadores les gustó la función: "Al fin un africano nos cuenta la verdad sobre la vida en Europa."

Autora: Simone Schlindwein / José Ospina
Editor: Enrique López



sábado, 26 de diciembre de 2009

Kenia afronta una de las peores sequías de la última década

Se supone que aquí no debería haber sequía, a un par de horas por carretera al este de Nairobi, la capital de Kenia. En la zona de Mwingi viven pequeños agricultores y granjeros, que cuando llegan las lluvias, dos veces al año, plantan maíz y alubias en su espesa tierra roja y sobreviven con lo ya recogido hasta la siguiente estación húmeda. Pero en los últimos años no ha llovido nada.

Mafuo David, una mujer de 36 años con cinco hijos, asegura que su finca de poco más de una hectárea produce unos ocho sacos de maíz y alubias. Pero habla sólo en teoría, porque el año pasado el maíz murió y no logró recoger nada, y el año anterior sólo consiguió dos sacos de cosecha; y el anterior a ese, nada de nada.

A lo largo de África oriental y del sur las comunidades se enfrentan a situaciones de hambruna debido a una sequía que va camino de convertirse en la peor de una década o más. Veinticinco años después de que un reportaje de la BBC desde Etiopía diese lugar a Band Aid y después a Live Aid y nos hiciese llegar la imagen real de África contemporánea (los niños escuálidos, las moscas sobre sus ojos que miran indiferentes a la cámara), la hambruna se cierne sobre Kenia, Etiopía, Yibuti y Somalia, y hay escasez de alimentos en Sudán, Eritrea, Uganda y Tanzania.

La organización humanitaria Oxfam calcula que la vida de más de 23 millones de personas está en peligro, y que sólo sobrevivirán si se les facilita rápidamente comida de emergencia.
El Programa Mundial de Alimentos (PMA), dependiente de las Naciones Unidas, ha pedido 1.000 millones de dólares para poder dar de comer durante los próximos seis meses a los habitantes de esta región del mundo castigada por la sequía. Pero no le está resultando fácil conseguir el dinero en un mundo en donde la recesión está bloqueando las ayudas caritativas.

Cosechas fallidas y almacenes vacíos

Grandes espacios de esta franja de África están habitados por una población dispersa de pastores, granjeros semi nómadas que viven en tierras semiáridas o desérticas del norte de Kenia y el sur de Somalia y Etiopía.

Estos pastores están acostumbrados a la vida dura, en condiciones severas, pero los últimos años de sequía han diezmado sus rebaños y han hecho que su existencia sea más marginal y precaria que nunca.
Es tal la dureza de la sequía que los granjeros e incluso los habitantes de las ciudades necesitan ayuda para subsistir, una situación que ha empeorado debido al encarecimiento de los alimentos en el mercado. Los pobres no pueden permitirse comprar maíz cuando se terminan las reservas de sus cosechas.

“Ha habido cuatro cosechas fallidas, los almacenes están vacíos y también se han agotado los pequeños ahorros para comprar comida”
, explica Gabrielle Menezes, del PMA en Kenia, que está alimentando a 3,8 millones de personas en el país: a uno de cada 10 habitantes. Los programas de alimentación en las escuelas alcanzan ahora a 1,1 millón de niños, algunos de ellos en las zonas consideradas tradicionalmente como el granero de Kenia.

 



Mucha agua para cambiar la situación

Las montañas escarpadas y bosques achaparrados de Mwingi deberían de estar salpicados por campos de maíz y alubias. Pero en vez de eso, sus habitantes se pasan el día mirando al cielo en espera de las lluvias. Hace unos días cayeron las primeras gotas, y el hijo mayor de Mafuo David, de 16 años, pudo por fin arar la tierra, a mano, y colocar las preciosas simientes en pequeños huecos abiertos entre el barro.

Ella nos asegura que está feliz de que haya vuelto a llover, pero sabe que un poco de agua no va a cambiar la situación.  “Cada año llueve un poquito y podemos llegar a plantar, pero no crece. Si llueve durante tres meses, entonces tendremos una buena cosecha”, dice. Mientras tanto, su familia sobrevive con la escasa ayuda mensual que reciben de maíz, alubias y aceite para cocinar.


En un pueblo cercano, Mutindi Maithya, de 36 años, también desea que la lluvia se prolongue. Ella complementa la ayuda de alimentos que recibe para su familia de seis hijos con el dinero que gana lavando ropa para los vecinos o cortando setos.

Aumentan las epidemias

Pero la lluvia en época de sembrado significa que no habrá tiempo para trabajar en otras cosas, así que los meses que vienen se presentan más duros. Y eso que para ella y su familia ya es extraño poder tener más de dos comidas al día, siendo la primera una simple taza de té negro con azúcar.
Las lluvias probablemente servirán de poco. En algunas partes del norte de Kenia ya se han producido inundaciones, lo que dificultará aún más el transporte de los alimentos a los hambrientos, ya que las carreteras se han convertido en mares de lodo.



También aumenta el riesgo de epidemias de malaria, cólera y enfermedades que se transmiten por el agua. El ganado, débil por el hambre y la sed, puede sucumbir rápidamente con el frío. En las zonas de cultivos, las inundaciones arrastran las capas fértiles de la tierra y las valiosas semillas. “La lluvia cambia el tema del agua, pero no acaba con el hambre”, apunta Menezes.

Texto y foto: Tristan McConnell 

jueves, 24 de septiembre de 2009

El monstruo de la mortalidad infantil

Enfermera de Mozambique

"Están tan débiles... Tienen ocho meses y ni siquiera se pueden incorporar", dijo a IPS en una clínica rural de Homoine, en la sureña provincia mozambiqueña de Inhambane. La otra gemela es cuidada por Daniel, el hijo de cinco años de Christina. El pequeño intenta calmarla mientras camina por el sanatorio, llevándola en una tela atada a su hombro y observando su débil cuerpo y sus ojos apagados.

Un par de horas después, llega el diagnóstico: las gemelas padecen de paludismo severo (malaria). Su tratamiento será difícil, alerta la enfermera, porque también tienen anemia y, al igual que la madre, VIH (virus de inmunodeficiencia adquirida, causante del sida).

Daniel, raquítico para su edad, probablemente debido a una desnutrición crónica, faltó a la escuela varios días para acompañar a sus hermanas. Él y su madre tuvieron que caminar dos horas para llegar al sanatorio, donde ahora deberán quedarse varios días mientras las gemelas reciben quinina intravenosa para tratar la malaria.

Christina tiene razones para su miedo. Mozambique posee una de las tasas más altas de mortalidad infantil: más de 10 por ciento de los bebés no llegan a cumplir un año, según el informe Estado Mundial de la Infancia 2009 del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

La principal causa de mortalidad infantil en Mozambique es la malaria, seguida de cerca por el VIH/sida, señala el mismo estudio. No obstante, Stella Langa, médica del sanatorio de Homoine, es optimista sobre las posibilidades de supervivencia de las gemelas, pues su salud mejoró levemente desde que llegaron al centro.

Aunque es improbable que Mozambique reduzca la mortalidad infantil un tercio para 2015 respecto de los niveles de 1990, como establecen los Objetivos de Desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas para el Milenio, este país ha hecho algunos avances para mejorar la atención sanitaria a niños y niñas, cree el médico Roberto De Bernardi, jefe de Salud y Nutrición Infantil de la oficina de Unicef en Mozambique.

Un gran avance ha sido la iniciativa Manejo Integrado de Enfermedades Infantiles, con un enfoque integral de la salud de los más pequeños, explicó. "Esto ha implicado actualizar las habilidades de los trabajadores de la salud, fortalecer el sistema sanitario, mejorar las prácticas familiares y comunitarias y tratar las enfermedades neonatales y el VIH/Sida", indicó.

Hoy, alrededor de 10.000 niñas y niños VIH positivos de Mozambique (15 por ciento) reciben tratamiento con medicinas antirretrovirales, contra 500 en 2004, destacó De Bernardi. La mayoría de estos viven en las capitales provinciales, y unos 6.000 en Maputo.

Pero el acceso a las instalaciones públicas de salud sigue siendo un problema: alrededor de 60 por ciento de los 19,4 millones de mozambiqueños viven a más de 30 minutos de distancia a pie de la clínica más cercana. Además, los centros de atención médica fuera de las áreas urbanas tienen pocos medicamentos y escaso personal, sobrecargado de tareas y con limitada capacitación.

El número de niñas y niños mozambiqueños que reciben medicamentos antirretrovirales se incrementó desde que se hizo disponible hace pocos años el sistema de exámenes de sangre seca (DBS, por sus siglas en inglés). Este método puede ser usado en bebés poco después de que nacen. Antes, una mujer tenía que esperar que su bebé cumpliera 18 meses para poder realizarle pruebas de VIH.

El sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) se desarrolla rápido en bebés y niños, y, sin tratamiento, un tercio de los VIH positivos mueren antes de que cumplan un año, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Por lo tanto, la OMS recomienda que todos los niños VIH positivos comiencen de inmediato un tratamiento antirretroviral, sin importar los síntomas o la cuenta de CD4 (proteína encontrada en las células, que ayuda a combatir el virus), pero esto será difícil de lograr en un país como Mozambique, donde la infraestructura sanitaria es pobre.

El tratamiento a niñas y niños presenta no sólo desafíos médicos sino también psicológicos, dijo Alima Momad, enfermera en la clínica pediátrica de Maputo. "A algunas de las madres les asusta hacerle exámenes a sus hijos porque temen ser discriminadas por la gente que las ve entrar al sanatorio", explicó.

Las gemelas de Christina comenzarán a recibir antirretrovirales pronto. Langa le explicó la importancia de proveerles suficientes alimentos y una dieta nutritiva para apoyar el tratamiento. Le recomendó que visitara la clínica regularmente, aun cuando se encuentra a dos horas de distancia a pie de su casa.

Todo esto será difícil para Christina, madre soltera de 35 años y que apenas tiene ingresos. "Fui a Maputo a buscar trabajo como empleada doméstica. No tuve suerte, pero conocí al padre de las gemelas. Me abandonó cuando quedé embarazada", contó.

Regresó a Homoine para vivir con sus padres y sus dos hermanas. La familia cultiva frijoles y mandioca en su parcela para comer. Como no hay excedentes, Christina debe trabajar en las tierras de otras personas para ganar dinero. "Pero no es suficiente para satisfacer nuestra hambre", afirmó. Está preocupada por la salud de sus hijos, y no sabe cómo encontrar una salida a la pobreza y al hambre. "Quiero hacer algo para ellos, pero no sé qué", lamentó.

Fuente: IPS Noticias
Texto y foto: Ruth Ayisi

jueves, 13 de agosto de 2009

La herencia de la guerra civil en el norte de Uganda



Campamentos de refugiados en el norte de Uganda


Margaret Acipo ha hecho las paces. Paz con el hombre que la mutiló, con los hombres que mataron a sus amigas. Esta mujer de 29 años de Gulu, en el norte de Uganda, no esperó a un acuerdo oficial con los rebeldes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, por sus siglas en inglés), que quizás nunca llegue.


Margaret se reúne de forma regular con ex niños soldado que el LRA secuestró y luego obligó a matar, torturar y violar. Las conversaciones con las víctimas buscan ayudar a los jóvenes hombres y mujeres, que son tanto víctimas como victimarios, a reintegrarse en la sociedad.
"Yo he perdonado", afirma Margaret. Pero nunca podrá olvidar, porque cada mirada al espejo le recuerda ese día hace cuatro años que cambió para siempre la vida de su familia. Ese día fue a la fuente de agua junto con otras cuatro mujeres, entre ellas la segunda esposa de su marido, Patrick. Margaret estaba embarazada de ocho meses, algo que para una mujer del campo africana no es motivo para renunciar al duro trabajo físico.


Pero cuando las mujeres sacaban agua, los hombres del LRA salieron de entre los arbustos. Mataron a las otras pero perdonaron la vida a Margaret porque temían la venganza de los espíritus si el niño no nacido moría.


En vez de ello le cortaron con machetes a su víctima, de tan sólo 24 años, la nariz, orejas y labios, como advertencia al resto de los pobladores para que no colaboraran con el Ejército.
Decenas de miles de personas han sido mutiladas de esta forma en el norte de Uganda en los casi 20 años de guerra civil. Unos 30.000 niños y jóvenes fueron secuestrados y obligados a combatir con los rebeldes. Miles de niñas fueron repartidas como "esposas" entre los oficiales o sorteadas entre los soldados del LRA.


Estas esposas no eran otra cosa que esclavas sexuales que debían concebir nuevos hijos para el LRA. Las jóvenes siguen estando estigmatizadas en muchos pueblos y son rechazadas por sus propias familias por sus "bastardos rebeldes".


También Jane Akello ha sido repudiada por su familia, que no puede ni quiere perdonar que ella haya llegado entre los rebeldes al grado de comandante, una de las pocas mujeres que lo lograron.

Hoy de 25 años, fue secuestrada con 12 por los rebeldes y llegó a ser guardaespaldas del líder del LRA, Joseph Kony. Con su vestido colorido no recuerda ya a la joven que tuvo que combatir en la guerra civil. Pero cuando habla de su pasado, es como si nunca hubiese regresado del todo de la guerra.


"Llevaba mi uniforme siempre puesto", dice y suena un poco orgullosa. "Me gustaba ser soldado". Porque como tal al menos no era víctima, no era débil, como las chicas que obligaban a ejercer de esposas. Pero también siente la amargura de los años perdidos en la selva. "Para las niñas que no fueron secuestradas la vida continuó. Pudieron ir a la escuela, aunque la escuela estuviese en el campamento de refugiados. Yo tengo la sensación de haber perdido la mitad de mi vida".





Este chico ex soldado intenta rehacer su vida desde hace cinco años


Cuando fue liberada junto con otros niños soldado, volver a la vida normal fue difícil. "Mi madre me había olvidado, pensaba que yo estaba muerta". Cuando habla de ello le tiembla la voz, pese a que siempre trata de ser fuerte.
Tuvo que aceptar que no era bienvenida en su pueblo. Muchos tienen miedo a los ex niños soldado, no pueden olvidar el terror que sembraron. El único hogar para Jane Akello es hoy el trabajo con ex niños soldado en el campamento de Gulu.
Sin embargo, desde hace casi tres años ya casi no llegan jóvenes de regreso a Gulu. Kony y sus hombres, que originalmente luchaban por un estado religioso fundamentalista, se esconden ahora en el noreste de República Democrática del Congo.
A los habitantes del norte de Uganda, de los que miles viven aún en campamentos de refugiados, les quedan terribles recuerdos y amargura por los años perdidos. Y el régimen del terror del LRA no ha desaparecido, sólo se ha trasladado. Porque ahora los milicianos de Kony secuestran niños en Congo, el sur de Sudán o en la República Centroafricana.


Texto: Eva Krafczyk

Fotos: Frank May/dpa


Si quieres saber más:
"Por fin llego el acuerdo de paz a Uganda"

sábado, 11 de julio de 2009

Zimbabwe-Sudáfrica: pesadilla en la frontera

Alice Kakwindi y Grace Chimhosva esperando en Beitbridge.



Sudáfrica eliminó en abril el requisito de visa para los zimbabwenses con el fin de facilitar el ingreso de personas que huyen de la crisis en ese país. Pero, para Alice Kakwindi, Grace Chimhosva y muchas otras, entrar a territorio sudafricano se convirtió en una pesadilla.
En las dos ocasiones que visitaron la localidad sudafricana de Musina, debieron pasar un promedio de 18 horas mientras las autoridades del puesto de Beitbridge inspeccionaban sus bienes. Antes pasaron unas cuatro horas en trámites de aduanas e inmigración.
“El proceso es ahora muy lento. Llegamos a la una de la mañana. Son las 12 del mediodía y todavía estamos aquí”, contó Kakwindi a IPS. Las dos comerciantes viven de comprar y vender todo tipo de productos que escasean en Harare, la capital zimbabwense.

Puesto fronterizo de Beitbridge
Los gobiernos de Sudáfrica y Zimbabwe firmaron un acuerdo el mes pasado eliminando el requisito de visa, permitiendo que los zimbabwenses ingresen a territorio sudafricano durante 90 días para buscar empleo.
La medida es considerada un importante paso hacia el libre movimiento de personas en África austral.
Desde entonces, el puesto fronterizo de Beitbridge, el más ocupado de la Comunidad para el Desarrollo de África Austral (SADC), prácticamente está paralizado debido al inmenso número de inmigrantes.
Las autoridades sudafricanas señalan que el número de zimbabwenses que intentan cruzar la frontera aumentó de 3.000 a 7.000 por día. Pero el mayor problema está del lado de Zimbabwe, donde los inmigrantes esperan un promedio de 10 horas para pasar.
Aunque muchos zimbabwenses están agradecidos por la eliminación del requisito de visa, creen que se deberían facilitar los trámites mejorando los recursos humanos en los puestos de entrada. “El problema es que la medida no ha sido respaldada por un incremento en el número de personas que trabajan en la frontera”, señaló Kakwindi.
El puesto de Beitbridge ahora parece un gran mercado de automóviles. Las largas y sinuosas filas de coches se han vuelto algo habitual. Llegan a medir más de un kilómetro, y los vehículos se mueven a paso de tortuga.
Muchos viajantes atribuyen el ritmo lento de los trámites a las nuevas medidas introducidas por el gobierno de coalición en Zimbabwe contra el contrabando.
“Estas requisas tienen el objetivo de proteger los ingresos fiscales, la salud pública y la seguridad, entre otras cosas”, explicó a IPS la comisionada de servicios corporativos de la Autoridad de Rentas Públicas de Zimbabwe (ZIMRA), Faith Jambwa. Añadió que las inspecciones de los bienes son parte de la rutina en los puestos fronterizos.
La ZIMRA inspecciona lo que lleva cada persona que cruza las fronteras zimbabwenses.
“Muchos han estado contrabandeando bienes al país sin pagar aranceles. Esconden sus bienes bajo los asientos de los autobuses. Es por esas personas que se introdujo esta política”, afirmó un supervisor de ZIMRA, que pidió no ser identificado.
Los funcionarios de ZIMRA toman alrededor de una hora para registrar un solo autobús. El supervisor añadió que las operaciones fronterizas se han visto afectadas por la falta de artículos de papelería. “Frecuentemente nos quedamos sin papeles, como formularios o declaraciones juradas”, dijo a IPS.
Funcionarios de aduanas y de inmigración además se quejaron de no tener suficientes empleados para realizar las requisas a los vehículos y así cumplir con las estrictas normas del nuevo gobierno.
Durante la visita de IPS al puesto fronterizo, había tensión entre las personas que intentaban ingresar a Sudáfrica. Muchos discutían con los funcionarios de aduanas.
Los zimbabwenses que intentan cruzar con tarjetas de identidad en vez de pasaporte agravan la situación. A pesar de que ahora no se necesitan visas, el costo del pasaporte es de unos 310 dólares, demasiado alto para muchos de los habitantes de Zimbabwe, donde un funcionario público gana 100 dólares al mes.

Como si todo esto fuera poco, los puestos fronterizos todavía no han sido computarizados.
Para Kakwindi y Chimhosva, todo esto significa que ahora tienen que reducir el número cruces a Musina para comprar bienes para reventa. “Solíamos viajar dos veces al mes, pero ahora tenemos miedo por las demoras en la frontera”, señalaron.

jueves, 18 de junio de 2009

La esclavitud sobrevive en Mauritania



Cuando leo estas noticias me parece estar leyendo un libro de historia, viendo la famosa serie televisiva de "Raices" o leyendo una novela, pero lo peor es que es realidad y ocurre en nuestro días, en pleno siglo XXI. África no ha conseguido superar una de sus mayores desgracias de a que durante siglos fueron víctimas los afrcianos, la esclavitud. Un hecho histórico que desembocó en un colonialismo atroz, sin escrúpulos, con afán de poder y de lucro. Un colonialismo que se ha ido prolongando durante siglos y que ha dejado las marcas de sus garras en la historia africana actual.

A M'Barek Uld Mahmud lo vendieron con seis o sieteaños. No sabe cuánto pagaron por él, ni tampoco le interesa demasiado. Ahora tiene 56 años, y desde hace tres ha dejado de ser un esclavo.

ENRIQUE RUBIO/ EFE

Tampoco puede decir que sea un hombre libre, porque sus propiedades, si las tuviera, serían de su amo, su herencia, de haberla, la disfrutarían los hijos del dueño, y los tribunales, mientras, jamás le darían la razón.

En Mauritania quedan entre 300.000 y 500.000 esclavos, todos ellos de raza negra, privados de derechos y resignados a seguir siendo invisibles ante la Justicia y las autoridades.

Hay algunos, como M'Barek, que han conseguido huir y asentarse junto a otros antiguos vasallos en paupérrimos poblados abandonados por el Estado, en los que "no hay ni una escuela, ni un dispensario, ni siquiera una mezquita".

















Los más de 1.200.000 mauritanos que, según cálculos de la Organización SOS Esclavos, han sido esclavos han dejado atrás los castigos corporales y el trabajo extremo, pero no han recuperado sus derechos.

"Una vez, el amo nos ató a mi y a mi hermana a la rama de un árbol, suspendidos en el aire, y encendió una pequeña fogata bajo nuestros pies para castigarnos por perder el rebaño", relata M'Barek casi con indiferencia.

En 2007, tras la llegada del presidente Sidi Mohamed Uld Cheij Abadalahi en las primeras elecciones libres en el país, todo pareció que iba a cambiar. En agosto de ese año se aprobó una ley que, pese a que la esclavitud está formalmente abolida desde 1981 en Mauritania, imponía castigos y penas de hasta diez años de cárcel para todos aquellos que siguiesen teniendo esclavos a su servicio. Sin embargo, dos años y 546 denuncias más tarde, todavía está por ver que algún tribunal les dé la razón.

"La ley está muy bien, pero no sirve de nada si no se aplica. El problema es que los tribunales locales se rigen por la 'sharia' (ley islámica) que, según el rito malekita que se sigue en Mauritania, da cobertura a la esclavitud", explica Biram Uld Dah Uld Abeid, encargado de misiones de SOS Esclavos.

Fatigado, M'Barek asiente desde una "tarba" (un sofá corrido árabe) y añade: "Y el problema es que la Justicia está en manos de las mismas tribus que tienen esclavos, y que son los principales interesados en perpetuar el problema".

Para comprender el fenómeno de la esclavitud conviene recordar que Mauritania es un cruce de caminos entre el mundo árabe-bereber y el África negra, un choque entre una tradición esclavista y otra que la ha sufrido durante siglos. No en vano, éste fue el último país en abolir formalmente la esclavitud.

Uld Dah considera que la comunidad internacional da vía libre a que en Mauritania se practique "una democracia a la ateniense, que sólo tiene en cuenta los intereses de unos cuantos, mientras el resto son esclavos o ex esclavos sin derechos".

Y aunque su comercio ya no se practique en plaza pública, SOS Esclavos denuncia que los intercambios con los países del Golfo Pérsico son algo muy frecuente. Pese a las mejoras alcanzadas recientemente y una mayor conciencia social -hasta hace apenas unos años era un tema tabú-, el control de los amos sobre sus esclavos sigue siendo absoluto.







Habi Mint Rabah logró escapar el año pasado de sus amos gracias a su hermano y a SOS Esclavos. Tuvo dos hijos, uno de ellos ya ha muerto, y aunque no quiere hablar del asunto, su hermano explica que fueron fruto de las violaciones continuadas que sufría a cargo de su dueño.

El dominio de los esclavistas sobre sus sirvientes se extiende hasta el punto de que todas las mujeres, al margen de su edad, pueden ser utilizadas sexualmente. Al igual que muchos otros de sus compañeros, Rabah pensó en escapar, e incluso lo llegó a hacer en alguna ocasión, pero finalmente siempre decidía regresar.

Esta sumisión se explica porque, como cuenta M'Barek, "los dueños separan a los niños de sus madres desde pequeñitos, y les enseñan que Alá les ha elegido para servir y que si se escapan irán directamente al infierno".

El control sobre las mentes de sus siervos llega hasta el extremo de enfrentarles a su propia familia, como le sucedió a Ahmed, a quien sus hermanas quisieron matar a golpes después de que él hubiese decidido demandar a su amo por unas tierras que éste le había arrebatado. "Vinieron armadas con palos y empezaron a golpearme por todo el cuerpo", dice enseñando una gran cicatriz en la cabeza. "Pero pude rechazarlas a bastonazos y desde entonces no he sabido nada más de ellas".

Su demanda lleva años en los tribunales y es el único motivo que empuja a seguir adelante a Ahmed, que sobrevive gracias a las limosnas de sus amigos y desconocidos. "Hasta que la Justicia no me dé la razón y me dé lo que es mío no descansaré; no seré un hombre libre", dice.

Si quieres saber más:

El Mundo: "Tráfico humano: Demanda multimillonaria"
ABC: "Mauritania, esclavos por tradición"
Rio Negro: "Los Negros Invisibles"
Amnistía Internacional: "Mauritania, un futuro sin esclavitud"

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Árbol Babobab de Madagascar (Foto de Viaje a Africa)

Se acuerdan de nosotros y nos premian. Gracias

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