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viernes, 31 de enero de 2014

Los esclavos de las rosas de Kenia


Las orillas del lago Naivaisha recuerdan a Almería. No por el paisaje -es una de las zonas más húmedas de Kenia- sino por el mar de plástico que hace las veces de orilla. En los invernaderos no hay fresas ni tomates; abundan las rosas, claveles y una gran variedad de lirios. Kenia es el cuarto exportador de flores del mundo. El 70% de su producción se concentra alrededor de este lago, 90 kilómetros al noreste de la capital, Nairobi.

Mientras cebras y jirafas pastan alrededor de las plantaciones, dentro se violan los derechos de los trabajadores. El objetivo: conseguir más beneficios económicos. Numerosos informes de diversas organizaciones internacionales denuncian la situación. El más reciente, al que ha tenido acceso este periódico, tiene fecha de marzo del 2013 y lo firma la Comisión de Justicia y Paz de la Diócesis de Nakuru, organización católica de defensa de los Derechos Humanos.

Los empresarios controlan el entorno y los trabajadores. No hay multas para los productores que contaminan el lago ni para los que perjudican la salud de quienes pasan todo el día curvados sobre las flores, respirando con abonos y pesticidas. El sindicalismo está penado con el despido o la no renovación de contrato. Es la situación que ha podido comprobar un equipo de periodistas gracias a la colaboración entre El Mundo y la Bill & Melinda Gates Foundation, a pesar de que los empleados de seguridad del recinto impidan grabar el interior y el exterior de los invernaderos.

Jornada hasta el crepúsculo

El sol marca la jornada laboral. Al amanecer empieza el movimiento de los trabajadores hacia los invernaderos. Muchos andan varios kilómetros; los afortunados se desplazan en autobús o matatu, una furgoneta que lleva decenas de pasajeros. La jornada durará hasta el crepúsculo. Por doce horas de trabajo, cobran menos de 40 chelines kenianos, unos 33 céntimos de euro al día. En España el precio del ramo de rosas de Kenia en una floristería ronda los 30 euros.

La mayor parte de los trabajadores viven en poblados y chabolas alrededor de las plantaciones. Algunos barrios están construidos por la empresa. A cambio, descuentan del sueldo del trabajador el alquiler y los suministros, según explica Silas Mwiti, periodista freelance que cubre la zona de Naivasha. Entre las precarias viviendas es frecuente ver animales y pequeños huertos para complementar los ingresos familiares.

Los días son todos iguales: en el ecuador del mundo, las horas de sol no varían. Este fenómeno, combinado con la humedad del lago y las temperaturas ecuatoriales, aumenta el rendimiento en el crecimiento de las plantas. Los cambios vienen por la propiedad de las plantaciones.

El negocio de las flores de Kenia ha estado históricamente en manos de empresarios holandeses, que, sin embargo, están vendiendo sus empresas a nuevos inversores. Se trata sobre todo de ricos habitantes de la India, que llegaron con los colones británicos y permanecieron en el país después de la independencia. Representan una minoría poderosa que controla, además, negocios clave como bancos y supermercados.

El barrio de los trabajadores, sin luz

Sher Karuturi Ltd, la productora de flores más grande de Kenia, ahora es de propiedad india. La empresa exporta cada día un millón y medio de rosas a Europa, según detalla en su página web, pero el barrio construido para sus trabajadores no tiene electricidad por impagos: Sher Karuturi alega problemas financieros que contrastan con los millones de beneficios que asegura recaudar anualmente de la venta de rosas. El hospital, pagado por la empresa y que daba servicio a los trabajadores, ha dejado de funcionar por falta de electricidad.

El sindicalista Issa Werukha Wafulla nos recibe en un modesto asador de Navaisah. Es una precaria chabola de chapa donde sirven platos sencillos, como nyama choma (carne asada) y ugali (un grano compacto similar al cuscús). Wafulla es un antiguo recolector de flores que ahora trabaja para el sindicato Kenya Plantations and Agriculture Workers Union (KPAWU) que actúa cómo la sección agrícola de la Central Organization of Trade Unions (COTU), el sindicato más grande de Kenia.

Está en Naivasha para reunirse con los propietarios de Sher Karuturi. Quiere intentar devolver la electricidad al barrio y hospital de los trabajadores. Su intento es en vano: los propietarios no le dejan ni siquiera entrar en la plantación y rompen cualquier tipo de negociación. "No está prevista su reapertura a corto plazo. Va para largo", asegura con aire resignado. ¿Y qué tiene previsto hacer el sindicato? Wafulla responde con un silencio.

El Hospital Karuturi fue construido por los antiguos propietarios holandeses. Pese a dar servicio a precios muy reducidos, sus prácticas eran de dudosa legalidad. John Ojimbi, uno de los autores del informe sobre Derechos Humanos y miembro de la comisión de Justicia y Paz, denuncia: "cuando un obrero enferma el centro sanitario no le entrega el informe médico, sino que lo remite a la empresa".

La estructura sería fundamental en un entorno donde falta el material adecuado para trabajar en plantaciones llenas de abonos y pesticidas. Los primeros síntomas son mareos y enfermedades cutáneas, pero los trabajadores, denuncia Ojimbi, no tienen acceso a paliativos básicos.

Al no ser comestibles, las flores se escapan de cualquier control de regulación de pesticidas para frutas y verduras. La flor tiene que ser atractiva. En caso contrario, pierde todo el valor de mercado. Los antiguos propietarios holandeses los trataban y escondían las pruebas. "Ahora con los indios no tenemos ni el hospital", se queja amargamente Issa Wafulla.


Fuente: El Mundo
Texto: Eduardo Martín Borregón

martes, 28 de enero de 2014

Pase, el médico virtual le atenderá de inmediato

Miles de kilómetros separan a la Clínica Rural de Salud de Chanyanya, en Zambia, del hospital  de la Universidad de Nueva York. Están muy lejos y  pertenecen a dos mundos completamente distintos, pero los dos centros comparten una experiencia exitosa de medicina a distancia. No hay médicos residentes al comenzar el día en el primero, pese a ser el principal centro de atención primaria para casi 12.000 personas, mientras que en el segundo sobran los recursos por ser una de la escuelas de medicina más prestigiosas del mundo.

En  2011,  a Florence (nombre ficticio para proteger su identidad) le salió un extraño sarpullido, dos semanas después de empezar su tratamiento con fármacos antirretrovirales contra el VIH (virus de inmunodeficiencia humana, causante del sida).


Recurrió a la clínica,  ubicada a unos 90 minutos de Lusaka, en el sureño distrito de Kafue, pudo conectarse con un experto en enfermedades infecciosas de la Universidad de Nueva York, en el otro extremo del mundo, con apenas unos clics del ratón de su computadora.

A través del Proyecto Médico Virtual (VDP, por sus siglas en inglés), una iniciativa de telemedicina que se realiza de modo pionero en Zambia vinculando a clínicas rurales del país con médicos voluntarios de todo el planeta mediante la red local de banda ancha, a Florence le prescribieron la medicación correcta.

Su erupción se había extendido “por todo el cuerpo”, recordó Kebby Mulongo, el primer funcionario clínico que la vio. “Habían pasado apenas dos días (cuando) el médico (ubicado en Nueva York) pudo volver a comunicarse conmigo. El experto supo enseguida cuál era el problema”, dijo Mulongo a IPS.

“Quedé feliz, después seguí tratando a la paciente en la clínica, y una semana después mejoró y no tuve que enviarla al hospital”, relató. “La medicina tiene que ver con la consulta. Si podemos consultar pulsando un botón de esa manera, es mejor para nosotros”, agregó Mulongo.

El VDP, que ahora se implementa en seis sitios de Zambia, emplea el programa informático eHealth Opinion para presentar electrónicamente los archivos sobre los pacientes. Funcionarios clínicos, entrenados para examinar a los pacientes antes de que vean a un médico, acceden al programa usando computadoras portátiles Fizzbook.

Estos ordenadores, a prueba de polvo y de agua, pueden transportarse fácilmente y cuentan con una batería de larga duración, que les permite soportar los cortes de luz, frecuentes en Zambia.

El programa informático permite al personal clínico crear un archivo por paciente, que se comprime y envía a uno de los expertos médicos del VDP en Zambia, Gran Bretaña, Estados Unidos, India, Pakistán, China, Nigeria, Nueva Zelanda o Malasia. Ese archivo incluye la información básica de cada paciente, su historia clínica, un registro de los medicamentos que se le prescribieron y las preguntas específicas que los funcionarios de Zambia necesitan que se les respondan.

Todos los funcionarios clínicos reciben una cámara básica Samsung de alta definición, con la que pueden realizar exámenes de rayos X. Estas imágenes pueden subirse a la computadora e incluirse en el archivo del paciente junto con los informes de laboratorio.

Luego, el “médico virtual” evalúa la información que recibió, realiza un diagnóstico y asesora en materia de tratamiento, con solo otro clic.

El VDP fue creado por una organización sin fines de lucro y opera en  Zambia desde hace seis meses. A fines de este mes pasará a operar en nueve sitios y para fines de año se espera que se eleven a 12. También buscan expandirse a Tanzania y otros países africanos en un futuro cercano.

“Se trata de una plataforma para poder hablar con alguien más a propósito de un paciente sobre el que una no está demasiado segura. La idea no es quitarles ninguna responsabilidad a ustedes”, dijo la coordinadora del proyecto, Heather Ashcroft, al personal que participó en los cursos de capacitación. “Ustedes siguen siendo la primera referencia y tienen la última palabra sobre cómo diagnostican o tratan a un paciente. La idea detrás de este sistema es que ustedes tengan una especie de caja de resonancia”, agregó.

Mercy Nalwamba, de 22 años, fue una de las dos funcionarias clínicas que asistieron a la sesión de capacitación del 23 de diciembre. Esta recién graduada de la Facultad de Ciencias de la Salud de Chianama, y ya es la encargada clínica general del centro sanitario de Makeni, en la ciudad de Chilanga, muy cerca de Lusaka. Cada día ve a unos 50 pacientes, la mayoría con infecciones respiratorias, diarrea y paludismo.

Nalwamba dijo que el acceso a los del VDP permitió a la clínica enviar menos pacientes a otros centros. “No puedo esperar a oír sus opiniones y nuevas ideas. Esto potenciará mi trabajo; obtendré más experiencia y conocimientos”, dijo a IPS.

“Pienso que habrá menos trabajo y que recibiremos más información sobre cómo proceder con pacientes con enfermedades crónicas y cómo manejarlos. Y cuando los remitimos a otros centros por lo menos podemos hacer que los pacientes estén más estables”, añadió.

Ashcroft dijo que el Memorando de Entendimiento firmado con el Ministerio de Salud de Zambia establece que el VDP aportará el equipamiento, la capacitación y el programa informático de modo gratuito por los primeros 12 meses. Así, explicó, se da tiempo al sistema para consolidarse y para disminuir  los pacientes remitidos a otros centros. El gobierno los apoya motivando y alentando al personal de salud a usarlo. “Después de este periodo, continuaremos apoyando a los funcionarios clínicos, pero se cobrará un pequeño monto para garantizar que el sistema pueda mantenerse e ir actualizándose en los centros de salud”, dijo Ashcroft a IPS.

“Todo el equipamiento y las licencias se obtienen mediante donaciones benéficas, así que nuestro objetivo es equipar a las clínicas con todo lo que necesitan para que el servicio se sostenga por sí mismo, aunque sea parte integral del funcionamiento cotidiano de los centros”, explicó.

Las organizaciones no gubernamentales que aportan fondos aceptan donaciones en Bitcoins.

Andrew Phiri, del Ministerio de Salud, confía en que el gobierno sea capaz de apoyar al VDP tras su primer año, porque, a su juicio,  es un proyecto muy necesario. “Tenemos muchas personas viviendo en áreas rurales, y tienen que caminar largos recorridos (para llegar a las clínicas). No tenemos muchas ambulancias. Nuestros centros de salud están separados por distancias enormes”, dijo Phiri a IPS.

“Mediante las consultas se dará al paciente cuidados de la mejor calidad. Esto dará un muy buen resultado, porque realmente en medicina es necesario consultar, no se puede trabajar solo”, agregó.

Fuente: IPS

viernes, 10 de enero de 2014

Aumenta la mendicidad infantil en Senegal

Siete noches a la semana, Cheikhou de 13 años y su hermano menor Bamba se dirigían a una cabaña de madera que compartían con decenas de otros niños descalzos que se dedicaban a la mendicidad. Acostados, todos cubrían el piso con sus cuerpos.

Una noche alguien tiró una vela y aquel lugar se convirtió en un infierno. Cheikhou se despertó ante los gritos de las personas. Se sumó a unos 50 menores que intentaban huir por la puerta mientras los vecinos llenaban cubos de plástico con agua en un intento inútil por sofocar el fuego.

Cheikhou logró ponerse a salvo, pero al menos ocho chicos perdieron la vida, entre ellos su hermano de 10 años y tres primos de menor edad.

La tragedia atrajo nuevamente la atención a la situación de decenas de miles de talibes (alumnos religiosos islámicos) senegaleses que son obligados a la mendicidad.


Los niños talibes (estudiantes religiosos islámicos) duermen apiñados en un cuarto que también sirve de salón de clases y lugar para vivir en una daara, una escuela de internado, en el suburbio de Medina Gounas de Dakar, Senegal, el 24 de septiembre de 2013. Los niños en estos lugares son obligados a mendigar, según las autoridades.

En este país del oeste de África, más de 50.000 chicos son obligados a mendigar durante los años que pasen en las escuelas de internado llamadas daaras, según la organización Human Rights Watch.

El gobierno de Senegal ha intentado durante años prohibir la práctica, pero está profundamente arraigadal, donde muchos padres pobres la consideran la única opción educativa para sus hijos.

Un número desconocido de talibes han muerto arrollados mientras mendigaban entre el tránsito, pero la tragedia ocurrida en marzo parecía que tendría un peso importante. Tres morabitos (profesores) fueron detenidos para interrogarlos y el presidente Macky Sall dispuso el cierre de todas las daaras que no reunieran los requisitos de calidad.

"Se adoptarán medidas para poner fin a la explotación de los menores con el pretexto de que son talibes", dijo Sall. "Esta tragedia nos obliga a intervenir e identificar todos estos sitios donde existan. Estos lugares serán cerrados y los niños devueltos a sus padres", agregó.

Sin embargo, nueve meses después de aquellas palabras firmes, nadie está detenido y tampoco fue cerrada ni una sola daara.

"En verdad nos sentimos traicionados... es verdadera esclavitud", dijo Bamba Fall, alcalde adjunto en el vecindario de Medina, de Dakar, donde ocurrió el fatal incendio.

El funcionario cree que el caso penal fue desechado por exigencias de los líderes religiosos de mayor rango.

En entrevista con The Associated Press, Fall afirmó: "Los niños eran explotados de día y apiñados de noche; hasta que murieron".

Texto: Krista Larson 
Fuente: El Nuevo Herald

lunes, 6 de enero de 2014

Los Hadza, una tribu africana que caza como los tiburones

Los Hadza de Tanzania utilizan el mismo patrón matemático que algunos animales cuando salen en busca de presas, un comportamiento natural que no se había demostrado antes en humanos.

Una de las últimas tribus de cazadores-recolectores de la Tierra, los Hadza de Tanzania, persigue a sus presas a pie y con métodos tradicionales. Para los antropólogos, es un ejemplo vivo de técnicas antiquísimas. Conocerlos es como viajar en el tiempo y ver el pasado de la humanidad. Ahora, un equipo de la Universidad de Arizona (EE.UU.) ha descubierto que los movimientos de los miembros de esta tribu africana durante la caza pueden ser descritos con un patrón matemático llamado «el vuelo de Levy», que hasta ahora solo había sido observado en animales como los tiburones o las abejas. Es la primera vez que se demuestra en seres humanos, según explica la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

El «vuelo de Levy», que abarca una serie de movimientos cortos en un área y entonces una larga caminata a otra área, aparece en el mundo animal de la misma forma que la proporción áurea se reconoce con facilidad en la naturaleza. Parece algo innato y muy extendido.


«Los científicos han estado interesados durante mucho tiempo en describir cómo cazan los animales -dice el antropólogo David Raichlen-, así que nosotros decidimos comprobar si algún grupo humano cumple unos patrones similares». Para ello, el equipo pidió a voluntarios de la tribu Hadza que llevaran relojes de pulsera con GPS incorporado, de forma que sus movimientos pudieran ser registrados durante la caza o la búsqueda de alimentos.

En efecto, los datos obtenidos por el GPS demostraban que durante la caza o la recolección de frutos, los seres humanos utilizan los mismos patrones de movimiento (caminatas) que otras muchas especies, como los tiburones y las abejas. Pero los científicos creen que este patrón, probablemente presente en nuestra historia evolutiva, puede ocurrir en distintos ambientes humanos, desde el Este de África a las áreas urbanas. Y no está limitado a la búsqueda de alimento, sino que también puede ocurrir cuando uno deambula entretenido por un parque, por ejemplo. «Piense en su vida -dice Raichlen- ¿Qué hace en un día normal? ¿Va al trabajo y vuelve, camina cortas distancias alrededor de su casa?». Un trayecto largo, varios cortos, otro trayecto largo… Ese es el patrón.

Como es lógico, seguir esta norma de Levy no significa que los humanos no decidan conscientemente adónde van. «Definitivamente, utilizamos la memoria y señales del ambiente mientras buscamos, pero este patrón parece emerger en el proceso», afirma el antropólogo. En futuros estudios, los científicos esperan entender las razones por las que los seres humanos utilizamos este patrón y si está determinado por la distribución de los recursos en el ambiente.

Texto: José Antonio Cabezas Vigara

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